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Francisco Velasco. Abogado e historiador

PALIMPSESTO

Desde los albores de la historia, ésta ha sido escrita por los vencedores. Antes de la escritura, las hazañas victoriosas se difundieron a través de leyendas orales. Vía verbal o vía escrita, la historia se asentó en el trono del campeón. Mientras conservó su corona. Perdido el cetro, los amanuenses rasparon las letras escritas y, sobre sus borrones, relataron nuevos hechos. Siempre fue así. Siempre, hasta que el paso del tiempo otorgó salvoconducto al historiador. Escribir y borrar. Borrar y escribir. A gusto del que paga. Palimpsesto eterno.


La España franquista nos trajo numerosos ejemplos de esta práctica tan nociva como inquietante. La historia se rebajaba al nivel de periodismo panfletario. El historiador se presentaba como plumilla sin escrúpulos dispuesto a vender su ingenio al mejor postor. Pese a todo, el siglo XX se convirtió en semillero de insignes historiadores. Es curioso. Muchos de ellos vivieron el yugo franquista y, a pesar de la censura, nos regalaron libros de una hondura documental inigualable. Sí, sí, en plena dictadura. Las universidades se erigieron como extraordinarios centros de irradiación intelectual y cultural contra los que se estrellaban las hordas liberticidas de los tiranos. Domínguez Ortiz, Fontana, Artola y tantos otros nos dieron lecciones de historia verdadera. Habrá que guardar, como oro en paño, los ejemplares de aquellos inmensos investigadores. Custodiarlos. Antes que se produzca un Farenheit 451, como nos advertía Bradbury.


La dictadura zapateril se enseñorea del solar de la historia de España. La brillantez intelectual del presidente del Gobierno, próxima al emporio académico reunido por José Blanco o por Montilla o por Roldán, nos causa la misma emoción que una babosa. El señor de las sortijas ordena retirar escudos, estatuas, signos religiosos y cuanto vestigio de tiempos pretéritos (recientes o lejanos) colisionen con su idea de lo que debe ser la historia y, lo que es peor, el presente . Es el sino de los dictadores ganapanes. Ni Franco se atrevió a tanto. Stalin, sí. Fidel Castro, también. Chávez, va en camino. El señor de los favores y de las mercedes recrudece la memoria histórica como bomba nuclear que amenaza romper el entendimiento de millones de españoles y que asesina el espíritu de concordia que nació a la muerte de Franco.


Zapatero va a raspar la historia de la Transición. Sobre ella dejará nuevos caracteres. La República venció en la guerra civil. Él mismo heredó la sed de venganza de sus familiares muertos a manos de los verdugos nacionales. Los asesinatos fueron el exclusivo crimen de los falangistas. Las checas no son sino ciudadanas de una república centroeuropea. Pobre hombre. Con tanto por lo que luchar en pos de un país más unido, más fuerte, más libre, más próspero, más diverso y más educado, y se dedica, el insensato, a desintegrar la nación, a debilitar las estructuras del Estado, a arrebatarnos las libertades ansiadas, a llevarnos a la ruina del paro más segregador, a uniformar las ideas y a abandonarnos en el basurero de la ignorancia. Pobre hombre. Zapatero, ese hombre.


Su mensaje es cainita. Caín mató a Abel. Caín sigue difundiendo que el muerto fue él. A Caín no le gusta su papel. Ni a Judas Iscariote el suyo. Zapatero disfruta con lo que hace, pero atribuye a la derecha sus propias maldades. La derecha es el abel bíblico y el jesucristo evangélico. Caín y Judas se corporeízan en la doctrina psoecialista. No en la izquierda, ojo. En el Puerto Hurraco del PSOE.


Un saludo.

 

 

LA CULTURA DEL ARTISTEO

Siempre me gustó el cine. Desde muy niño, procuraba reunir las tres pesetas que costaba la entrada de “delante” en cualquiera de los cinematógrafos de mi provinciana ciudad. El cine sigue formando parte de mi afición por las humanidades en general. Lo que pasa es que mi cinefilia se ha vuelto inversamente proporcional a la lejanía del local. Lo de los multicines no lo llevo muy bien. La sala única formaba parte del rito de la película. Como el fútbol. No es lo mismo verlo en el lugar de culto que es el estadio que en la televisión. Pierde magia.


Antaño consideraba a los actores como intérpretes de un mundo en el que ellos no eran sino servidores de la idea de un tercero. El escritor y el guionista eran los intelectuales. Los artistas, meros cómicos que traducían el mensaje cifrado a un lenguaje entendible por todos. Como los juglares o los trovadores que cantaban poemas de otros. Vehículos que transmitían cultura pero, sobre todo, sueños, quimeras, mitos. La ficción cobraba un viso de realidad que se prolongaba casi dos horas. Nunca vi en Paul Newman ínfulas de Hemingway. Ni a la Loren aparentar la vida interior de la Fallaci. Mucho menos al mismísimo Fernán Gómez vanagloriarse -pudiendo hacerlo con razón- de su caudal como autor. Actores y actrices extraordinarios que nos transportaban en volandas a un mundo hermoso por lo distinto y por lo alucinante.


En nuestros días, las cosas han cambiado mucho. Sobre todo, en esta España de nuestros amores. Las españoladas que criticábamos en los setenta se han convertido en filmes de coleccionista. Los protagonistas de aquellas películas eran auténticos genios de la ficción. No veíamos a la persona que tras el histrión vive, no. Sólo contemplábamos al personaje. Tal era su capacidad de transportarnos. Tal era su categoría para sustraernos a la presencia de la cámara. Hoy, la cosa es diferente. Cuando veo una película española, me doy cuenta de que Conchita Velasco no es ya la eterna chica de la cruz roja, sino una profesional del teatro que recibe subvenciones del partido socialista. Y si estoy viendo una entrevista a José Sacristán, ejercito el zapping a fin de no escuchar las falsas protestas progres de un representante interesado de la “ceja”. Federico Lupi se ha despojado de su fuerza de gaucho con carácter y se ha enfundado la malla de amanerado hooligan del poder que paga a los de su cuadrilla.


Se las dan de gente de izquierda comprometidos con el pueblo a la vez que de intelectuales de renombre inmemorial. Los pobres no ven más allá del horizonte de un bolsillo que les repiquetea y, como defienden los behavioristas, babean cuando escuchan la campana del dueño que desembolsa monedas conductistas.


Han pasado de actores a gente del artisteo. De bohemios a politicastros de salones de dudosa nobleza. De magos a titiriteros. De payasos a famosillos del sálvame. Ni siquiera pueden competir con Belén Esteban ni con los alumnos de la escuela del método del gran hermano. Éstos son naturales. Los de la profesión, derrochan artificialidad. Los muchachos de telecinco juegan un papel creíble. Los de la ceja, ya no encajan. Están descoyuntados por la fuerza centrípeta de la campanilla subvencionadora. Se agotan y se agostan en el Annapurna de la defensa de Garzón o de la guardia pretoriana de Zapatero. Son intelectuales mínimos a los que el arte de Talía no les es afecto. Sus amores son otros, más prosaicos.


El intelecto, cejistas o cejudos, actores o cómicos, no está al alcance de cualquiera. El mejor pianista nunca besará la frente de Mozart. Pocos actores pueden alardear de su inteligencia. Muchos de ellos, sin embargo, son absolutamente listos. O listillos. Ellos.


Un saludo.


 

HONORRABLE MONTILLA

Confieso mi admiración por Cataluña. Es una esplendorosa parte de España. Qué sería de nuestra nación sin ese territorio fértil y vanguardista. Sería, ab initio, una nación amputada. Igual que lo sería si nos arrebatasen, por ejemplo, Extremadura o Canarias. España debe quererse a sí misma. No debe ser tan desprendida y tan quijotesca. Y si España tiene un Gobierno que actúa con la prodigalidad de quien todo tiene y nada necesita, los españoles debemos pedir la incapacitación de un Ejecutivo que se tira “patas abajo” lo suyo y lo ajeno y al que nada importa la integridad territorial del país mientras conserve las manijas de la caja fuerte.


Dicho lo cual, preciso, concreto, delimito y puntualizo. Admiro a Cataluña. Mi admiración no se extiende a su clase politizada. -Querrá decir política. Digo lo que escrito está: politizada. La clase política reúne unos caracteres de servicio y de objetividad que, lacayos y mangantes aparte, son ajenos a esta caterva que, hoy por hoy, conforman el tripartito. Miren. A Carod y a Puigcercós se les ve venir. Uno discrepará de ellos. Nos encontraremos en las antípodas de su ideología o de su doctrinarismo. Sin embargo, van por las claras. Se manifiestan cuales son. Artur Mas recorre un camino similar a los anteriores si bien su paso es más cauto, más seguro. También muestra su piel de lobo independentista. Como los de la Ezquerra republicana. En cuanto a los “Saura boys”, están a la que conviene. Que hay que ser separatistas, allá van ellos. Que republicanistas, más que Companys. Que capitalistas, como Madoff. Una cosa fabulosa lo de estos comunistas de Rolls Royce. Dentro de esa panoplia, están fotografiados. Saldrán con mejor o peor cara, pero la dureza facial es apreciable sin esfuerzos.


Fotofija de los catalanistas de obsesión más o menos segregadora, más o menos amputadora. Fotofija. Otra cosa es el PSC. El Partido Socialista de Cataluña es un totum revolotum, una mixtificación de lo más cutre, un revuelto caduco, una amalgama informe, una secta político-religiosa, una banda mercenaria, una ideología sin principios ni finales. Más españoles en el resto de España que nadie. Más catalanes en esta parte de España que todos. Agua y aceite dentro de un recipiente ya transparente, ya opaco. Novio y novia en la boda. Padrino y ahijado en el bautizo. Chico/chica, y también vestido, en la comunión. Familiar primero en el entierro del muerto al que acaba de asesinar. Juez y parte garzoniana en litigio constante. Acusación y defensa en interminable querella. Del Madrid y del Barça, según el viento sople. Zapatero es un ejemplar conspicuo de esta idiosincrasia partidista/partidaria/parcial/subjetiva, hija de la amoralidad y de la alegalidad.


Con todo, hoy no toca mencionar al leonés de Valladolid. Nos referimos a Montilla, ese cordobés charnego que ha pasado de la ruralidad andaluza a la industrialización de Cataluña, sin solución de continuidad, sin más estudios que los de Bachillerato, sin más riqueza que una mano delante y otra detrás, sin más patrimonio que su condición de lacayo, con su voluntad de alfombrarse, con su capacidad para la reptación, y con su facilidad para trepar o con su indiscutible predisposición camaleónica. En el PSOE halló el árbol. En el PSC, las lianas, las enredaderas. Tarzán Montilla ha llegado a lo más alto que un charnego podía soñar en la actividad política. Montilla es President de la Generalitat. Sublime Montilla.


De un plumazo, todos fuera. Si no a la intemperie, al ostracismo. De un “ostracazo”, adelanta Montilla a los catalanistas de origen y sentimiento. Reniega de la tierra andalusí que le vio nacer y abraza la Cataluña que soportó su presencia. Más catalán que Cambó y menos español que Johan Cruyf. Más a la izquierda que Saura y más republicano que Pi y Margall. El síndrome del judeoconverso en él tiene sede. Ahora quiere inhabilitar al Tribunal Constitucional. Escupe declaraciones y amasa contubernios para procurar su incompetencia en el tema del Estatut. Eso, ahora. Mañana esculpirá la Carta Magna de Cataluña porque la de España no sirve a su interés espurio. Dios y demonio adorados por el tahúr de cartas marcadas y jugadores entregados.


Honorable President. El tratamiento se lo respeto. La otra acepción, no. Ni hablar. Honorable es otra cosa. Para mí, que Montilla no se encuadra en esta última. Para mí.


Un saludo.

 

EL VACÍO ECONÓMICO

 

De manera reiterada, incluso a riesgo de ser un “pesao”, he venido señalando el alcance financiero y económico de esta crisis que, en palabras del señor Zapatero, sólo existió cuando sus meninges alcanzaron a comprender lo que una crisis es. Sus meninges y su soberbia. No sé si la pequeñez de las primeras es causa de la colosal dimensión de la segunda o, por el contrario, su vanidad desmesurada es la que ciega sus entendederas. Da igual. Lo cierto es que España se escurre boca abajo con velocidad de crucero y sin posibilidad de freno. Al menos, mientras quien desgobierna el país sea el que los españoles eligieron, por mayoría simple, en las dos últimas convocatorias electorales.


Nada que hacer. Con ZP, nada que hacer. Nada que rascar. El Gobierno es cautivo de un presidente convulso y narciso. Del mismo modo que el señor Rodríguez se halla en manos de unos sindicatos verticalizados en cuya cúpula se apoltronan esos grandes empresarios de la nada subvencionada que son Méndez y Toxo. El paro asciende al 20 por ciento. Uno de cada cinco españoles en edad de trabajar, no trabaja. Quiere encontrar un empleo. Misión imposible. Para los mayores de 45 años, ni el demiurgo es capaz de hacer el milagro. Para que la lotería toque, es preciso comprar el décimo. Los españoles no compramos el décimo. Sin embargo, nos tocó el gordo. El premio gordo del gobierno más inepto desde la camarilla que rodeó a Fernando VII. Qué cosa.


La Bolsa baja y baja. Muerte anunciada. Por más que se anime a la compra de productos financieros, se está engañando al consumidor. Nacer para morir. Invertir a la espera de un pelotazo singular es tarea tan improbable como que el PSOE convenza a su líder de la necesidad de anticipar las elecciones generales. Antes se cae España a trozos, desgajada como una naranja atomizada y autonómica. Antes se desintegra el país, que los psoecialistas de la ambición y de la avaricia suelten la presa. Antes la pobreza se extiende, como metástasis irreversible, por todo el tejido social, que la pandilla presidencial admita la gravedad del cáncer. Antes la sangre del cuerpo económico se desparrama a chorros, que un monosabio o un banderillero de la cuadrilla del torero leonés se agache y tapone el orificio por donde mana con abundancia el viscoso y rojo líquido.


A Grecia le sucede Portugal y, a la espera, la España zetapera. El vacío reina por doquier. El enemigo acecha a la población. Las instituciones están paralizadas. Mientras tanto, el cónclave civil se reúne no para reflexionar sobre un nuevo Papa laico que enderece la situación caótica, no, Se congregan en asamblea para hablar, primero, del sexo de los ángeles luciferinos y, segundo, de la injusticia que se está cometiendo con ese juez, Garzón, que tiene a más de uno pillado por los congojos. Vacío económico que subsigue a la nada moral. No cabe el uno sin la otra.


Una cosa sí les aseguro. De lo que está pasando en España no tiene la culpa Franco. Ni Fernando VII. Ni los Reyes Católicos. Ni Alfonso X el Sabio. Ni Abderramán I. Ni Recaredo. Tampoco los tres gatos que, a día de la fecha, son los falangistas ni los cuatro monos que se congregan en torno a las ideas anarquistas. Ni siquiera los artistazos de la ceja. Ni los paniaguados manirrotos de los dos grandes sindicatos. La culpa se halla en quien tiene competencia, capacidad y responsabilidad para ser imputable. ¿Que quién? Por favor, Zapatero. Zapatero con toda su cohorte de cómplices y cooperadores necesarios. No tengan la menor duda. Y no sospechen de otro. O de otros. Esto no es el 11-M. Hablamos de ZP. Nos espera el vacío. El abismo. Sálvese quien pueda.


Un saludo.

 

UGT: SINDICATO VERTICAL

UGT ha dejado de ser la correa de transmisión del PSOE. Es el PSOE quien transmite. Transmite su agradecimiento al sindicato amigo. Favor con favor se paga. Ocurre como en la dictadura. Gobierno y Partido único se solapan. Identidad total. La crisis escapa a esta unión bicéfala. Unos aportan la pasta. Otros garantizan el sopor social. Vertical. UGT es un sindicato vertical. Defiende, a la vez, los intereses de patronos y de trabajadores. Vende su historia obrera al precio de una subvención multimillonaria. La gran patronal es el Estado. UGT protege los intereses del Estado español  usurpado por Zapatero, mientras el PSOE copa la hacienda patria. Simbiosis.


En esta tesitura, Rodríguez Zapatero habla de humanizar el capitalismo y Cándido de garantizar la paz social. La cosa es de risa si el paro, el déficit y la ruina no nos ahogan en nuestro propio llanto. Papá Estado suelta el parné y Mamá UGT compra en el mercado a precio de saldo. Uno y otro olvidan -hacen como si- que en el sistema capitalista el elemento prioritario que produce riqueza es el dinero. Antes que el trabajo. Si el capital huele el olor del tesoro, allá que se tira. Si no hay ganancias seguras o si la inversión ofrece algún tipo de riesgo, la empresa huye como Garzón acorralado.

 

El patrón Estado juega con desventaja. Siempre pierde. Sabe que no puede escapar a su destino subvencionador. Las empresas públicas se asfixian en pérdidas. Pero como pagan los ciudadanos, oro para el bolsillo del gobernante y para el cazo del sindicalisto.


Dinero. Lo que quiere el trabajador es un salario. No quiere subsidios, salvo que sean gregarios a la remuneración por la chapuza clandestina. El empresario demanda seguridad. Hoy como ayer. Con la bicefalia Méndez-Zapatero, la seguridad es tan efímera como un caramelo a la puerta de un colegio. No existe. El capitalismo no tiene más ideología que el mercado y más credo que la maximización del beneficio.


Zapatero y Méndez saben de qué va la cosa. Vaya si saben. Más que los ratones resabiados. Son demagogos, mentirosos compulsivos e insultadores de resultón. Pero de tontos, ni un pelo. A nosotros nos toman la cabellera un día sí y el otro también. Cuando ellos hablen de humanizar el capitalismo, lo que realmente dicen es que se van a forrar los de siempre. No los empresarios pequeños y medianos. Ni los autónomos. No. Los de siempre. Entre los de siempre, ellos, los paniaguados, los subvencionados, los sindicalistas afines a ese patrón omnímodo, a ese Leviatán de birlibilorque en que han convertido al Estado.


Y claro, en esa sagacidad del rinconete y del cortadillo barrocos, en esa chalanería de truhanes de feria, en esa vocería preelectoral, son capaces de vendernos el Corán como Biblia y la Biblia como Corán. Su capitalismo es el de comprar y vender votos que le proporcionen réditos electorales y políticos. No tienen más humanidad que la dicha del pecunio. Del pecunio y del peculio.


Qué ricos. Ellos. Los que mandan en UGT. Los que dictan en el Gobierno. Los bonistas y montilleros. Los que chupan del bote de la formación para el desempleo. Los que nos hablan del cuento de la buena pipa. El de la lechera ya no lo cree nadie. Qué ricos. Ellos. Los psoecialistas. Los demás, qué pobres. Y lo que nos han de despojar. Porca miseria.


Un saludo.

 

LACAYOS Y MANGANTES

Más que piedras de mechero, repetía con gracejo un viejo, tanto como servidor, amigo mío. Más que piedras de mecheros. Hoy están en desuso. Las piedras de mechero, claro. Los mangantes y lacayos, en pleno auge. Sobre todo en tiempo de crisis, proliferan como gurumelos en bosques húmedos de la serranía onubense.  Manjares exquisitos estos últimos, escoria despreciable aquéllos. Lacayos y mangantes. Serviles y rastreros los primeros. Sinvergüenzas, personas despreciables sin oficio ni beneficio, los segundos. -Mal nos lo pone, articulista, si esta clase de género abunda en España en la cantidad que usted nos indica. –La realidad nos acerca al bien o al mal con la lupa más potente, respondo.

 

Establezcamos algún ejemplo que nos sirva de referencia. Este relator considera que la clase política, en general, es lacaya y mangante. Lacaya, porque se arrastra en pos del objetivo que persigue, repta sin temor al pisotón reparador y adula cual mayordomo de librea larga y bolsillo corto. Que no meto a todos en el mismo saco, que no. Pero la generalidad así lo entiende. Para subir, hay que medrar y para medrar, es preciso ser alfombrilla de malolientes cocinas. Sin embargo, y me apresuro en matizar, la clase política no es sino un reflejo de la clase social. La nobleza arruinada sirvió al rey. La burguesía dobló el espinazo hasta la escoliosis para procurar la sombra del parasol nobiliario. La plebe no se recató en alabar, a veces, o en llorar, cuando tocare, las alegrías y las tristezas de sus señores. Alma de súbditos y corazón de vasallos encerrados en un cuerpo deforme de degenerada aristocracia.

 

Me viene a la memoria el refrán: Dios los cría y ellos se juntan. Refranero sabio de filosofía rústica. Pienso en Luis Roldán, el que fuera director general de la Guardia Civil, por nombramiento de Felipe González. Dos carreras universitarias, decía tener. Dos. A pares. De lacayo del PSOE a mangante del PSOE. En un santiamén. En menos que canta un gallo. Paradigmático Roldán. Claro, dirá él, yo aré lo que pude pero nunca aseguré que haré lo que pueda. Palabras “enreonas”, actos viles. Ahí tienen a Montilla. Sin carrera y a lo que ha ascendido. Acaso no sea mangante, pero lacayo, lacayo un rato largo.

 

Lacayos y mangantes del mundo, unidos, jamás serán vencidos. Demasiadas piedras de mechero. Repasen, si no, la listas ministeriales, la relación de consejeros autonómicos, la tira interminables de altos cargos en la Función Pública, los "calienta-poltronas" de consejos de administración, los jefes de centurias, decurias, etc. ¿Centurias y decurias? Sí, los mismos perros con distinto collar. La función, idéntica; el servilismo, puntual; la mangancia, como dos gotas de agua. Lo dicho.

 

Un saludo.

EL HURRACO DE LAS URRACAS

La urraca es un córvido. De la familia de los cuervos. En toda España se encuentra este ave. Caracteriza a estos animales su costumbre alimenticia. Roban en los nidos de otras aves y se comen los huevos e incluso a los polluelos. Cada día aumenta el número de estas voladoras rapiñeras. Su instinto de almacenamiento llama también la atención. Ocultan el alimento que no han devorado e incluso esconden cuantos objetos brillantes hallan. Les caracteriza, asimismo, el griterío de sus ceremoniales así como sus carrerillas entre las ramas persiguiéndose unas a otras. Córvidos. Urracas.


Hurraco. Puerto Hurraco. La matanza perpetrada por los hermanos Izquierdo una tarde del tórrido verano pacense de 1990, se ha convertido en uno de los símbolos más paradigmáticos de la España profunda, de la España cainita, de la España rural del subdesarrollo mental, de la España del odio, de la venganza y de la muerte. Puerto Hurraco.


Urracas y Puerto Hurraco. No he podido sustraerme al recuerdo mientras leía los titulares periodísticos de este último domingo abrileño de 2010. Veinte años han pasado desde la masacre. Uno de los hermanos, titulan algunos medios, se acaba de suicidar en prisión. Era el último. Dos décadas más tarde, se ha quitado la vida uno de los autores de aquella infamia agosteña. En Madrid y en algunas capitales españolas, miles de personas se han manifestado en defensa de Garzón y de las víctimas del franquismo. Gritaban consignas contra el Tribunal Supremo. Coreaban lemas de condena contra los verdugos de la dictadura franquista. Setenta años después de que la Guerra Civil terminare, miles de españoles piden venganza. Contra Franco y los suyos.

 

Franco murió en 1975, por más que el Juez Garzón requiriese su certificado de defunción. La democracia relevó a la dictadura en un modélico proceso de transición liderado por el rey de España. Los demócratas -de izquierdas y derechas- contribuyeron, con tesón y afán de concordia, a desmontar las estructuras caducas e infames de esa dictadura y a armar, con paciencia y amor, la arquitectura de una democracia que algunos consideraban imposible.

 

Demócratas de derecha e izquierda. Juntos. Hijos y nietos de vivos y muertos del bando nacional y del bando republicano. Herederos de un sistema que no debía retornar. Unidos en pos de una España de entendimiento y de diálogo. A criar nidos. A levantar hogares. A construir un nuevo Estado dentro de una nación única. Todos en busca del consenso. Voluntad de enterrar la España goyesca del garrote y de la garrota, del puñal y de la daga, de la Inquisición y del Santo Oficio. Intención decidida de no ser urracas ni hurracos, ni buitres ni comedores de carroña.

 

Puerto Hurraco sigue vivo. No en la serranía de Badajoz. En los accidentes abruptos de esta España que no madura, que desdeña la educación y cultiva los resentimientos. Puerto Hurraco vuelve a imponerse. Al son y al ritmo de las miles de urracas que pretextan defender la justicia para asesinar las libertades. Almacenan vientos de muerte y se alimentan de la inocencia de los españolitos que no conocieron aquella maldita guerra. Urracas machos y hembras. Negras urracas en un sórdido Puerto Hurraco hispano. Artistas aristados al frente de un ejército de hienas. Sangre muerta que sangre de vivos derrama. Qué pena.


Tanta urraca en un puertohurraco que no acabamos de sepultar. En fosas herméticas. Urracas. Hurracos. Resentidos. Carroñeros.


Un saludo.

 

 

LA INOCENCIA DE GARZÓN…

 Garzón, don Baltasar, el superjuez, el abanderado de las causas nobles, el ariete anticorrupción, el aldabonazo en la conciencia de los dictadores, el estandarte antigenocidio, y tantas otras cosas más, va y resulta que no quiere entrar en el fondo del asunto. De su asunto. No quiere que se abra juicio oral para determinar si pudo prevaricar cuando se empeñó en investigar los crímenes del franquismo. No quiere. Ha recusado al ciento y la madre. Ha pedido el sobreseimiento de la causa. Ahora recusa al magistrado Valera. De Jueces para la Democracia. No quiere juicio oral don Garzón.

 

La verdad es que nunca me pareció un valiente. Ni un intelectual de prestigio. Ni una lumbrera jurídica. Ni la cumbre de la honradez judicial. Puro teatro, he pensado con frecuencia. Escenografía y alharacas dentro de la farsa de las togas y de las puñetas. Insisto: no sé si Garzón prevaricó. Tampoco si Varela ha cometido algún error procesal. Mis sensaciones y mis informes me hacen creer que Garzón ha metido la pata y que Luciano ha actuado conforme a Derecho. En cualquier caso, aunque se impute a Garzón tan terrible delito, la presunción de inocencia del amigo de Felipe González o de Vera o de Barrionuevo, no hay quien se la quite. Presunto inocente, por supuesto. Faltara más.

 

Reflexiono sobre el tema y diseño la arquitectura de su defensa. Eje vertebrador de la misma, la no celebración de juicio oral. De anunciarse el mismo, comportaría la suspensión inmediata del amigo Garzón. Qué escándalo. El adalid del polanquismo, enjuiciado como un GAL cualquiera. Demasiado escándalo. Impedir el juicio. A toda costa. Como sea. Con la ceja y con los sindicalistos. Con los Almodóvar y los Bardem. Con los ministros de Zapatero y sus ministras. Con toda la horda mendicante del coche oficial y el contrato blindado. Con lo que sea, pero que no vayamos al fondo del asunto.

 

Pueden no ser berzotas. Mas no son gallardos. Bajo ningún concepto. La gallardía es a Garzón como el elogio es a Leire. Garzón es valiente con los pobres y cobarde con los ricos. Leire adula al jefe y ofende al enemigo. Garzón debiera pedir, él mismo, la apertura de juicio oral. Así, llegando al meollo del asunto, podrá demostrar su inocencia presunta. Qué ha de temer un hombre tan cabal y con tantos partidarios. Nada. Debe buscar que la verdad resplandezca. Su estrella brillará, entonces, como nunca.

 

Si se escuda en la forma del proceso en vez de salir a pecho descubierto dando la batalla a sus denunciantes, estará ingresando en el saco de los malayos o de los astapos.  Qué pena. Quién lo vio y quién lo ve. Inocente. Sin duda. Pero cobarde, un montón.

 

Un saludo.

LA MUERTE DE MARINO

Marino. Marino Barbero. Juez. Investigó el caso Filesa. Corrupción institucional del PSOE. Se atrevió. La presión le llevó a la enfermedad. Tuvo que renunciar a su condición de magistrado. Al poco tiempo, debió abandonar. No podía ante la avalancha psoecialista y de sus afines. Brutal. Parecido a lo de Gómez de Liaño. Murió. Poco tiempo después, murió. No pudo con el peso. Demasiada carga para un hombre solo.

 

Luciano Varela. Juez del caso Garzón-Fosas. Presunto acto prevaricador del considerado juez estrella. Ha osado enfrentarse a la máquina propagandística del PSOE. Ha querido, incauto, poner en solfa la credibilidad del magistrado que defendió a Polanco. Nada menos que defendió a Polanco. Y con él, al robot que manipula el sistema de luces y sombras de la política española. Marino. Javier. No hay dos sin tres. Luciano.

 

La muerte de Marino fue un aldabonazo sobre la conciencia de la justicia. Muerte anunciada desde Filesa. Muerte física que subsiguió a la profesional. De nada sirvió su reconocida excelencia como jurista. Se tiraron sobre él como lobos hambrientos. Fue despedazado vivo y al tercer día, dejó de existir. Borraron hasta su recuerdo.

 

Los mismos psoecialistas que impulsaron su nombramiento como miembro del Tribunal Supremo, los mismos, le crucificaron. Marino era rojo, defendía el populacho. No hay mejor carta de presentación y recomendaciones más loables que la de tener ideas de rojo. Fíjense, nos recordaban los partidarios de Marino: a su categoría como penalista, une su acendrada defensa jurídica de los derechos humanos, su repulsa a la pena de muerte y su firme convicción democrática. Al Supremo. Porque, sobre todo, es de los nuestros. Qué se va a preocupar este juez –y menos a partir de ahora- por asuntos menores de corrupción y de “choricismo”. Quiá. Banalidades propias de juececillos de tercera división. Al Supremo.

 

Dio la cara contra los franquistas y el franquismo se la rompió. Pasaporte a la fama de la rojería. La lucha contra la dictadura confería estigma de héroe. Contra la dictadura toda. Franquista o stalinista. De derechas  o de izquierdas. Ahí se equivocaron los rojillos de liendres. Marino luchó contra los dictadores, sin importarle el signo. Igual que hizo Gómez de Liaño. Del mismo modo que, ahora, Luciano. Si no estás conmigo, estás contra mí. Es la consigna mafiosa. Ninguno de estos tres lo ha comprendido.

 

España se juega hoy su futuro reciente y su historia tardofranquista. La República, la primera, no crean que la segunda, puja por restaurarse. La restauración republicana. Al igual que la borbónica. Está por llegar. De la manera que sea, se va a imponer. Si es por la vía ilegal, mejor. Pero para que nadie acuse de ilegalidad al PSOE, ahí está Zapatero con sus mariachis desafinados pero expeditivos. Los primeros en caer, lo independientes. Los primeros en derribarlos, los independentistas.

 

Marino no murió a manos del PSOE. No. Murió a manos del PSOE. ¿No es lo mismo? No. Ni mucho menos. Repasen las hemerotecas. Poli bueno. Poli malo. Lo que les importa no es la pesca. Lo que está en juego es el pescado. Marino murió. Gómez de Liaño, está muriendo. Luciano, en la lista de espera.

 

Un abrazo, Marino, Javier, Luciano. Un abrazo. Y también, como siempre, a todos ustedes, lectores,

 

Un saludo.

 

¿PREVARICÓ GARZÓN?

La basca ha perdido el norte. El sentido de la orientación. Quizás nunca lo tuvo. Anduvo errante tanto tiempo, a la zaga de la dictadura, que ha terminado por no saber dónde está de pie. La basca de Garzón es, en realidad, la cuadrilla del pifostio. Con perdón de la Real Academia. La panda del disturbio, del abuso, del exceso, de la alteración.


El grupo de amigos convocados en la Complutense por Méndez y Toxo están que trinan con el Tribunal Supremo. La cuadrilla se agita, nerviosa, como animal rabioso, a causa del más que probable procesamiento del juez estrella. Un ímpetu colérico se ha apoderado de ella. Tal es su desazón, que algunos de sus miembros han cargado contra el Altísimo Tribunal. Que si falangistas, que si franquistas, que si cómplices de no sé qué crímenes. Arrechucho incontenible el de estas personas que, en vida de Franco, callaron cobardes y han tardado treinta y cinco años para asegurarse de la muerte del dictador. Gallardía sublime, que diría el Forges que fue.


El asunto es simple, señor Villarejo. Muy sencillo, señor Mena. Cabal, señor Zarrías. Tanto que este articulista empieza a dudar de la buena fe de tan significados señores. Sea a sabiendas o por ignorancia, los nombrados han efectuado unas declaraciones tan horribles que se autodescalifican. El señor Garzón no ha sido imputado por la Falange. La Falange se ha limitado a denunciarlo. La imputación la realiza un juez. Ni más ni menos que un juez. Mediante un Auto debidamente motivado. No se ha producido condena. Todavía. En un Estado de Derecho, las garantías son indeclinables. El proceso judicial ha de seguir su marcha. Conforme a ley. Los señores Villarejo y Mena han sido fiscales. Lo saben. Y aunque lo saben, muerden dialécticamente.


En 1977 se promulgó -muerto Franco- la Ley de Amnistía. Ciertamente es una ley preconstitucional. Pero no es una norma franquista. El mismo Garzón la esgrimió para rechazar una denuncia contra Santiago Carrillo. Si fue válida entonces, ha de serlo hoy en tanto no se ha derogado. Con independencia de que Garzón careciera de competencias para entender en el caso, que no las tenía, la coherencia ha de guiar la conducta de la judicatura.


En este sentido, el señor Garzón estaba enterado de que Franco había muerto en 1975. Del mismo modo que tenía la obligación de saber -pues la ignorancia sería inexcusable- lo que dice esta ley. No obstante, le refrescaré la memoria. Verán: en sus artículos primero y segundo, se explicita toda una pluralidad de actos que están amnistiados. En los artículos tercero al quinto se amplía el espectro a faltas e infracciones de todo tipo, “con la sola exclusión de las tributarias”.


El articulo sexto es determinante en cuanto recoge textualmente la “extinción de la responsabilidad criminal...”. Item mas: si el señor Garzón pretende encausar a Franco y Franco ha muerto, ¿cómo podrá defenderse el que fuera dictador de España? ¿O acaso Garzon, Villarejo, Mena, entre otros insignes juristas y constitucionalistas, niegan esta facultad a según qué personas?


Me recuerda un caso en el que debi intervenir. Con todas las distancias. Cierto profesor advirtió, un año después de haberla aprobado, que una alumna habia copiado en todos los exámenes de su asignatura. La advertencia procedió de una denuncia firmada por otra alumna a la que se había pillado in fraganti en la copia de chuletas varias. El profesor, sumido en su mandorla de pantócrator justiciero, aprovechó que la estudiante seguía en la Facultad, decidió rectificar las actas y suspenderla. Por más que se le reconvino oficialmente sobre la improcedencia del acto, el docente persistió en su empeño. La chica recurrió y la Universidad le dio la razón. A la joven copista/copiadora. Sin embargo, no se suspendió, siquiera cautelarmente, al catedrático. Infractor no sancionado. Corporativismo. Algo peor. Garzón se equivocó. ¿Prevaricó? Habrá que verlo. 


Derecho y derechos. Derechos y Derecho. Las politiquerias, como las venganzas, no deben tener asiento en un Estado en el que la Ley, sólo la ley, impera. Si no, a Cuba. O a Venezuela.


Un saludo.

 

 

DE BONOS Y BOTINES

 

La polémica sube de tono. Lejos de escampar, la lluvia arrecia. Lógico. Cuando, en vez de explicar las causas, se justifican mal los efectos, lo normal es que la duda se adueñe del escenario. La duda y la sospecha difuminan la imagen de la certeza. En cuyo caso, lectores, chuzos de punta.


El presidente del Congreso de los Diputados es -22de abril de 2010- don José Bono. La trayectoria política de este parlamentario es tan dilatada que su carrera ha de estudiarse por partes. Se habla de su pasado falangista. Se critica su populismo político en Castilla la Mancha. Se discute sobre su camaleónico comportamiento en tantos asuntos de Estado. Se le atribuye toda una serie de relaciones sociales bien alejadas del socialismo de base. Y así. De pronto, una pincelada informativa convierte al albaceteño de Salobre en imán de los que buscan noticias en la corrupción y de los que denuncian la hipocresía de quienes hacen de su honradez -y la de su partido- bandera. Del posible regalo de un piso de lujo a su hijo al probable olvido de declarar parte de su patrimonio, ha añadido carbón a la caldera. Los medios cumplen su misión. Nada que reprocharles. Salvo a los que, por intereses espurios, lanzan titulares de inocencia sin presunción del ex ministro o silencian la actividad periodística en torno al tema.


En cualquier caso, el señor Bono lo tiene muy fácil. Basta convocar una rueda de prensa. La vaticino multitudinaria. A la vista de una documental convincente y a tenor de las preguntas pertinentes, el señor Bono tiene en su mano la solución definitiva de un asunto que, de no atajarse, puede enquistarse y hacer daño a la insitución, al sistema y, por supuesto, a su propia honorabilidad. No se entiende la dilación en la respuesta. No se entiende. Se siembra, así, la semilla de la desconfianza.


Ignoro las relaciones mantenidas entre Bono y el señor Botín hasta el día de la fecha. Como desconocía, hasta que la prensa lo aireó, la correspondencia epistolar entre el juez Garzón y el presidente del Banco de Santander. ¿Que dónde se halla la bisagra que une ambos casos? Acaso en la estructura. Acaso en la coyuntura. En este artículo, me detengo en un hecho muy concreto y muy reciente. El saludo afectuoso entre Bono y Garzón con ocasión de la presentación de un evento sobre el “rojo” Llamazares, ha llamado la atención de este articulista. Con la que está cayendo sobre el segundo y con el aguacero que humedece la sonrisa del primero, no deja de sorprender el contento que se aprecia en el rostro de ambos. No deja de asombrarme. No señor. En medio, Botín. No en acto físico. Pero sí en figura mental. Botín es el símbolo más conspicuo del poder del dinero en España e incluso en el mundo. El Banco que él preside constituye todo un ejemplo de la fuerza del capitalismo más pujante.


En este universo capitalista, dos socialistas de fe como los señores Bono y Garzón podrían producir situaciones discordantes. Ah, si Marx levantara la cabeza. Y sin embargo, ahí tienen ustedes el colmo de la paradoja. Quien parece estar de más en este aquelarre de la confusión es el verdaderamente rico, el señor Botín. Rico y poderoso, me dirán ustedes. Rico, insisto. Los poderosos son los otros. Los socialistas son los que tienen el poder aunque su riqueza no sea la del banquero. Pero la influencia de los dos del PSOE supera -o superaba- a la del Santander. ¿Por qué será? ¿Se parasitan? Simbiosis se llama el fenómeno. Tan natural como chocante. Tan sospechoso como pestilente. Un bono y un botín. Lo malo es que del bono se haya reunido un botín. Lo peor es que el botín sea un cúmulo de bonos. Y de abonos.


Echo de menos, lo mire por donde lo mire, gallardía, nobleza, gesto, paso adelante, cara descubierta. ¿Y ustedes?


Un saludo

 

TAMBORES

El caso Gürtel en el PP. En el PSOE, el caso Bono, el caso Garzón, el caso Faisán, el caso Montilla, el caso Botín. Casos. Uno dobla. Los otros redoblan. Como los tambores. Tambores con membrana. El sonido, estruendoso. Golpes de maza. A ver quién puede más.


Uno se pregunta si la tamborrada es festiva o bélica. Si los tamborileros llaman la atención sobre sí mismos o, por el contrario, alertan del patio ajeno. Los de Rajoy se están desprendiendo de las cajas por aquello de las reminiscencias cubanas, en tanto los de Zapatero tapan las congas y los bongos africanos para ahuyentar recuerdos caníbales. Populares y psoecialistas mantienen en todo lo alto el tambor militar. La guerra dialéctica se desarrolla en el campo de batalla mediático. En el Congreso, se limitan a escaramuzas más o menos hábiles.


No caben violines. Las percusiones son los sonidos. Pero de tambor. Nada de piano. Estrépito con sonido metálico. Lo que hay en juego es mucho más que una victoria electoral. La pelea está siendo sonada, pero queda si vaticinamos lo que viene.


El ritmo lo impone el batacazo económico. El tono, los arpegios de la corrupción. La música es otra. La música está compuesta por Zapatero, que gusta hacerse aplaudir por el catalanismo más grosero, el de los Montilla o el de los Carod. La letra es del Constitucional, que no termina de arreglarla, empeñado como está en satisfacer al rojo y al azul. Música y letra muy malas que interpretan cantores desafinados. Ahora quieren incluir otra maniobra de distracción al pueblo. No bastan el pan ni el circo. Los mangoneos, tampoco son suficientes. El fútbol está saturando incluso a los más adictos y los toros no levantan pasiones ni cuernos. Se precisa un plus -he dicho plus- de imaginación.


Tengamos en cuenta que el Constitucional de Emilia Casas nos puede cambiar un Estatuto por una Constitución. A pesar de estar prevenidos, la muerte sigue asustando. Zapatero teme más a Arturo que a Mariano. Del primero espera una palmadita en la espalda. Del segundo, su desprecio. Pero el ruido de tambores ensordece los herméticos tímpanos del presidente mercedario. Quiere quedar bien con todos y sabe que eso es tan imposible como que Garzón admita cualquier irregularidad o que Bono acepte reconocer su riqueza inmobiliaria. Dilata que te dilató. Virgencita, déjame como estaba. Elecciones, no, que las carga el PP. Elecciones, no. Tambores. Muchos tambores. Mientras suenen, poder tengo.


Que hay que proponer a Froilán como sucesor, adelante. Que se ha de marginar a Felipe, no reparen. Que se demande, sin ambages, la tercera república, todo vale. El Constitucional va a destapar tantas maldades, que cualquier cortinón servirá para esconder según qué vergüenzas. Se está viendo venir. Los tambores de guerra son torpedos contra la línea de flotación de la Constitución Española. Española, de España.


Constitución sobre Estatuto. Estatuto, por la puerta delantera de la Constitución. No por la puerta de atrás. Zapatero, Montilla, por la puerta de atrás, nada de nada. Por la puerta de atrás, váyanse ustedes. Llévense sus tambores. Lejos. Muy lejos. No hagan más daño.


Un saludo.

ANTICRISIS

 

En singular, no. En plural. De la crisis, nada. Las crisis. Y qué crisis. Desaceleración, que decía el portentoso economista que sufrimos en La Moncloa. Desaceleración. Como si el frenazo económico fuese resultado de un pisotón suave en el pedal correspondiente. Desaceleración. Para hacer creer que el rozamiento del aire o la rugosidad del firme eran las causas de la brusca disminución de la velocidad. Desaceleración. Por favor. Crisis.

 

Crisis resultante de un pinchazo en las cuatro ruedas. Crisis provocada por la rotura del motor. Crisis efecto de un chasis tuneado que salta por los aires al contacto con cualquier sirimiri climático. Crisis estructural. Y qué crisis. El piloto se las da de ingeniero y el gerente pretende ser mecánico. Piloto, ingeniero, gerente y mecánico. Tetrarquía de oficios en un ser único. Único pero intruso. Único pero incapaz. Único pero descarado. Único pero vacilón. Único. Un gran actor. Eso sí. Histrión inconmensurable. La crisis se enroca pero el tetrarca de la misma embauca con su verbo florido a un público crédulo.

 

Ahora toca representar un nuevo papel en el mismo escenario, con idéntica compañía de cómicos de la legua. La obra se titula: “Anticrisis”. En el papel estelar, Zapatero. Conforman el elenco de actrices y actores, Teresa de la Vega, en el papel de la madrastra; Elena Salgado, como ama de llaves; Pepe Blanco, que destaca en la interpretación de arquitecto creativo; y Manuel “MATSA” Chaves, como Crispín. Guionista, doña Bibiana. Productor ejecutivo, Caamaño. Música, a cargo de González Sinde. Escenarios y decorados, Bono el de Uf, qué pisos. Dirección, La Psoecial. Obra impar de una extraordinaria “troupe” de artistas. Anticrisis.

 

Fastuosa creación. Realización inimitable. Vale. Pero de qué trata. La susodicha es una alegoría de la nada, una apología de la náusea y una epopeya de la miseria. Todo en un mismo producto. Pero, articulista, concrete. Sea más explícito. Veamos. El coche sigue con las ruedas pinchadas, el motor gripado y el chasis en esqueleto. Marcha imposible salvo que la grúa lo transporte. La náusea la produce el engaño de hacernos tragar que el vehículo en movimiento es el averiado en vez de hacerlo el transportador. La miseria radica en que los paganos de la estafa son los propios espectadores, a los que se toma el pelo una vez y otra y las siguientes. Las medidas anticrisis son las medidas de un traje de pino a la economía. En vez de arreglar el coche en el taller acreditado, le colocan ruedas de bicicleta, motor de vespino y una nueva carrocería de fórmula uno. Lo bajan de la grúa para eso. Y se obstinan en seguir vendiendo la recuperación.

 

Pero hombre, claman algunos de la Oposición, qué trabajo cuesta hacer las cosas bien. ¡Las cosas están muy bien!, gritan desaforados los Zarrías de turno y aplaude la claque de los Sopenas o de los Roures. Más que bien. Fenomenal. ¿Pero no se dan cuenta del estropicio, de la dimensión del desaguisado, de la magnitud de los perjuicios? Fascistas, eso es lo que sois. Falangistas, que atentáis contra la democracia. Enemigos del pueblo. Y lo que es peor, asaltantes de la Casa del pueblo, que es el PSOE.

 

Si el líder Zapatero dice que la crisis pasó a la historia, es que sus medidas, las suyas, han surtido efecto y que la anticrisis reina, y la prosperidad impera, la industria florece, la banca presta y el paro desaparece. Anticrisis. Milagro de Zapatero. Todo el mundo, todavía en recesión. Menos España, en anticrisis. Maravilla. Las anticrisis. Pues, bueno, maravillas.

 

Un saludo.

 

EL ÁRBOL ENVENENADO

Con arsénico o con cianuro, da igual. Con odio o con resentimiento de siglos, qué más da. Por veneno físico o por ponzoña moral, el árbol sufre el mal de la corrupción. Desde mucho tiempo atrás, la enfermedad ha afectado a la savia y la metástasis se extiende desde la raíz hasta las hojas. La parte subterránea escapa a la vista y la superficie aérea se camufla con colores de invisibilidad. Mas los frutos… Los frutos, no. Se recogen antes de que la gente los vea, pero es misión imposible. Los frutos crecen y crecen mostrando toda la miseria que del árbol emana. El veneno está en el árbol. De ahí que la podredumbre se proyecte a todo su ser.

 

El evangelista Mateo decía: “por los frutos conoceréis el árbol”. Amarga pero incuestionable sentencia. En Derecho, la teoría del árbol envenenado está haciendo furor como consecuencia de las escuchas ordenadas por Garzón en el famoso caso Gürtel. Las pruebas obtenidas a partir de las escuchas ilegales, han de ser nulas porque de la ilegalidad no se puede hacer evidencia. De la misma manera que la falacia es una conclusión falsa en tanto nace de una premisa mentirosa. Árbol envenenado.

 

La convulsión política se adueña de la calle. La crispación hace acto de presencia en los debates. La razón dialéctica es marginada por la apariencia sensible de la voz estruendosa de los Portos mediáticos. Los Aramis abren vías de diálogo que no hacen sino prolongar la agonía del enfermo. Los Athos sólo dan la cara entre mares de vino y tras el escudo de los blasones. Los Dartañanes… Los Dartañanes se refugian entre paredes herméticas de inexpugnables castillos. Los mosqueteros quedaron en la pluma caballeresca de Dumas. El árbol envenenado ha atacado, asimismo, a los valores y a los principios. Nada escapa al avance incesante de la marabunta. Las erupciones del volcán arrojan rocas que aplastan y gases que asfixian. Nadie escapa al fuego natural y el miedo ancla nuestros pies a la tierra. El árbol envenenado nos aprisiona y nos atenaza. Quietud. Silencio. Triste degüello.

 

El fruto de la política revela unas entrañas deformes por la ruptura nacional y por la inseguridad territorial. El Tribunal Constitucional, a las órdenes del gran maestre Zapatero, calla y, como el equipo médico habitual, estira artificialmente la vida del órgano inerme. El fruto de la economía enseña sus tripas vacías de las que pende un hilito de sangre con la que dar de malcomer a cinco millones de estómagos inanes. La sociedad soporta, maltrecha, la dura carga de una educación imposible y la tara de un sistema sanitario derrotado por la propia gobernanza. La cultura agita sus brazos chapoteando entre el olvido de los intelectuales, la politización de una universidad agotada, la prepotencia de los artistas del rancio celuloide y la basura maloliente de unas televisiones que parasitan el alma de las audiencias. Frutos insalubres de un árbol envenenado. Nada hay de ficción. Pura realidad.

 

El árbol envenenado es el PSOE. La ambición de sus dirigentes es la causa formal del cáncer. La ambición desmedida. La avaricia ha roto el saco. Demasiados paniaguados para acogerse a unas ramas contadas. Ejércitos de termitas que devoran lo que encuentran en pago a sus desvelos, a sus traiciones, a sus estafas y a sus asesinatos morales.

 

Las elecciones se aproximan. El aspecto del árbol es lamentable. Cirugía estética de urgencia para tapar agujeros y aplicar gruesas capas de maquillaje a los ronchones verdeamarillentos del cuerpo. Hay que vender la burra, es el lema. La venderán. Pero el árbol está envenenado. El árbol psoecialista está corroído por el óxido de la inmoralidad. Hagan lo que quieran, pero yo no me acercaría a ese árbol.

 

¿Y la causa eficiente? La causa eficiente es Zapatero, el de las mercedes. Quién si no.

 

Un saludo.

 

ESPAÑA, ESPAÑA

El domingo es un día de descanso. El descanso invita a la reflexión. La reflexión transporta a la paz. Con uno mismo y con los demás. Hoy, domingo, 18 de abril de dos mil diez de la era cristiana, reflexiono sobre España y sobre Cristo. Aunque el pensamiento ha sido largo, la transcripción es bien corta.

 

Desde luego, España no es sólo el territorio. Tampoco la lengua. Ni mucho menos el país. Tan siquiera el sentimiento nacional. En modo alguno, el paisanaje. No considero eje vertebrador el sentimiento patriótico. Su historia no es lo sustantivo. Ni la literatura. Todos estos factores hacen España como piezas insignes de un puzle fácil de resolver. No hay rompecabezas que valga, salvo para algunos. El rompecabezas no es España. El rompecabezas es el seso destripado de los que aborrecen la idea de España. El rompecabezas es la mala baba de quienes, en nombre del nacionalismo más desmochado, martillean el nombre de España. El rompecabezas es la lúgubre desesperanza de los judas que en España son y de España viven.

 

España es. Y lo es porque sus tierras y sus gentes han decidido así llamarla. Pero sobre todo porque en los últimos doscientos años, los españoles hemos colgado nuestra condición de súbditos y nos hemos enfundado el frac de ciudadanos. Y como muestra de nuestra voluntad de vestirnos sin señores y sin valets, hemos sancionado una Carta en la que decimos que somos españoles. Nosotros solos nos hemos autootorgado un Fuero que los ingleses disfrutan desde siglos antes. Es la Constitución. España es esta Constitución como antes lo fue la de 1812. España es una esencia porque los españoles ya no somos plebeyos, sino hidalgos. No unos cuantos. Todos. Desde el más rico al más pobre. Desde el más inteligente al menos dotado. Desde todas las perspectivas, nos hemos hecho iguales y, por tanto, libres.

 

España es libre porque sus mujeres y sus hombres viven la igualdad de sexo, de oportunidades, de amores y dolores. España es libre porque, mañana, si así lo quieren sus gentes, los “primi inter pares”, pueden cambiar su Constitución, su nombre y hasta su destino. Y es tan libre, que puede hacer cuanto designe, sin necesidad de usar la fuerza. Basta esgrimir el bastón de mando de la representación de la soberanía nacional. España es el pueblo constituyente y la sociedad constituida. Igual en la pluralidad. Plural en la unidad.

 

De la era cristiana. Quien escribe nunca tuvo –y si alguna vez lo poseyó, debió extraviarlo en algún lugar desconocido- el don de la fe. A este relator le gustaría disfrutar de esa fe que permite abandonar tantas cargas pesadas en su dios. Como carece de fe, soporta los pesos con la fuerza de su ánimo y de su cuerpo. Recursos ambos endebles, se sabe. Pero a falta de otras cualidades, buenas son las posibles. En esa tesitura de descreimiento, es racional. Y su razón, ya que no su fe, le permite dar gracias a ese Cristo al que otros adoran, por haber conribuido con su doctrina a hacer de la humanidad, un colectivo de mujeres y hombres iguales y libres. Igualdad y libertad que no se les ha dado por su condición de obediencia servil ante el poderoso. Ni mucho menos. Rebeldía ante la injusticia que del tirano viene. Mártires por un ideal. Los cristianos han sido los adelantados de la justicia social que, al cabo de dos milenios, hemos alcanzado.

 

Por ello, de España, sí. De la era cristiana, también. Se sea español o cristiano. Basta con ser mujer u hombre. No se pide más. Domingo, día de reflexión.

 

Un saludo.

 

BERZOTAS Y GALLARDOS

 

De berzotas, legiones. De gallardos, alguna solitaria y escuálida cuadrilla. Entre necios y valientes se ancha el campo de juego. Campo de irregulares dimensiones que se agiganta en el gol norte, se achica en el sur y bascula, lógicamente, hacia donde se halla el exceso de peso.

 

Excusen el juego de palabras. Reflexiono sobre el actual rector de la universidad Complutense, el señor Berzosa. Dice que es de izquierda. Lo dice pero no lo prueba ni lo demuestra con obras. Obras son amores. Viste mucho proclamarse de izquierdas cuando se ondea la bandera de la solidaridad, de la lucha por los desfavorecidos o de la defensa de los más débiles. Ahí entra la izquierda. Palabras vacías las del señor Berzosa. Nada de berzotas don Carlos. Ni ignora su posición académica y social ni actúa con la necedad del analfaburro. Por el contrario, Berzosa es toda una autoridad en la difícil interpretación de la hipocresía política. A la altura de Bardem, sin Penélope, aunque con la cruz de no ser Javier.

 

Berzosa, que no berzotas, no sólo ha permitido que en la Complutense se celebre un acto de desagravio al juez Garzón, sino que ha participado activamente en el mismo. En esa ceremonia del despropósito y de la confusión, no se defendía la ley (la cual es la salvaguarda de los oprimidos) ni se protegía los derechos de los desempleados (que constituyen, hoy día, la tragedia de la sociedad zapateril) ni se amparaban los usos democráticos (océano exclusivo en el que las ideologías tienen su ser) ni se hacía apología de los derechos sociales y de las libertades públicas (tan caras a los revolucionarios de izquierda que en el mundo son). Nada de eso. En esa ceremonia, ni democracia, ni trabajadores, ni derechos sociales. En ese rito orgiástico de unos cuantos iluminados, sólo cabía el denuesto, la calumnia y la destrucción de los valores. Aquello fue una misa negra cuyos convocantes reían con el drama del paro y oficiaban la misa negra del anarquismo más demoníaco. El acto, mísero y ruín, encontró en las palabras del señor Villarejo, fiscal anticorrupción que fuera, la homilía de un evangelio que lanzaba mensajes de odio. Conde Pumpido reprocha a su compañero de toga enlodada, que traspasó lo razonable. No le censura que se extralimitó. No, eso, no.

 

Allí estaba Berzosa, orondo y anfitrión, mostrando en una sola escena las dos etapas de la hipocresía más clásica. De un lado, la de la simulación, en la que dejaba ver la altura intelectual y moral de una universidad democrática y popular, sin darse cuenta, ignaro coyuntural, de que universidad viene de universo y aquello no era una manifestación global, sino una apología de lo sectario. De otro lado, la fase del disimulo, a partir de la cual, Berzosa, poco avezado, quiso ocultar el cariz tendencioso, hasta lo grotesco, de aquella merienda de negros, con perdón.

 

El dios a adorar era Garzón, un hombre rico, famoso, con enorme poder, elevado en el pedestal de la gloria terrenal. Gallardo Garzón. Garzón gallardo. De eso presume y de tal le halagan. ¿No será, sin embargo, que el término no sólo no es epíteto, sino ni siquiera un simple calificativo? A lo peor, la valentía se la dejó en las fosas franquistas, en los pagos norteamericanos o en las escuchas a los abogados. A lo peor. En cuyo caso, Garzón actúa como todos aquellos a los que él interroga. ¿Cómo? Negándolo todo, declarando lo que le interesa, y rechazando las preguntas de la acusación particular.

 

Berzotas y gallardos. Garzones y Bersozas. Los nombres no hacen personas ni las personas hacen nombres. La vida nos pone a cada uno en un sitio a poco que olvidemos dar cuerda al reloj de nuestra historia. Se para la vida. La vida se para. ¿Y la historia? Un adefesio, como la obra de teatro del mismo nombre que escribiera ese genial poeta, y pésimo dramaturgo, que fue Alberti.

 

Berzotas y gallardos.

 

Un saludo.

 

LAS HORDAS

 

Blasco Ibáñez nos dejó, entre algunas joyas de su novelística, “La horda”, un relato social narrado con la excepcional maestría descriptiva del valenciano. La obra, ambientada en el Madrid de los albores del siglo XX, nos retrata una sociedad en la que el talento es sepultado por la losa del origen, de la cuna, del nacimiento. Recién coronado rey Alfonso XIII, la España del quiero y no puedo, la España de las sempiternas buenas intenciones, la España irregenerable, contemplaba impasible cómo millones, sí millones, de personas eran ignoradas, marginadas y explotadas por el sistema corrupto de la Restauración. Para salir de ese desfiladero maldito, sólo había un camino: pasarse al campo de los explotadores y servirles de verdugos baratos.

 

La movilidad social era un tema que se dejaba para los teóricos. Hace cien años, ni la bono loto ni la euromillones ni el cupón ni las quinielas. En cuanto a la educación, ríanse. Patrimonio de unos cuantos. Hoy, sí. Hoy es posible el tránsito desde las clases altas a las bajas merced a la crisis. En cuanto al revés, de abajo arriba, no crean. Los juegos de azar están en manos de las peñas. ¿Y la educación? Pues de tan socializante que se ha pretendido, ha recorrido el camino que se esperaba: de ser de calidad alta pero privilegio de unos pocos, a descender a niveles de sonrojo por mal uso de muchísimos.  Hordas decimonónicas. Hordas actuales. Siempre hordas.

 

Los caciques del XIX se llaman hoy ediles. Los oligarcas de aquella época, dirigentes de formaciones políticas. Los terratenientes de entonces, grandes empresarios de nuestros tiempos. Los marginados obreros y campesinos de tiempos pretéritos, campesinos y obreros de nuestros días. La horda. No hay redención para la horda. Salvo que se ponga el pasamontaña del verdugo y ejecute. Qué porvenir aguardaba a Pepe Blanco de no ser militante destacado del PSOE. ¿Hubiera José Bono amasado la fortuna que se le atribuye, fuera del cauce de su militancia psoecialista? ¿Y don Luis Roldán, el de las dos carreras universitarias y el de la aventura a Laos?  

 

Los parados, con o sin subsidio, en la cola del empleo que nunca llegará. Los cinco millones de puestos destruidos no se recuperarán jamás en las condiciones de 2007. Por el contrario, la multitud de desempleados se ensanchará a la par que las prestaciones asistenciales sufrirán paulatinas y severas restricciones. El Estado del Bienestar, adiós y muy buenas. La sociedad está acorralada. Acorralada y vendida. Como el sistema educativo. Nos quieren dar gato por liebre. Lo malo no es que se nos pretenda engañar. Lo malo es que nos dejemos embaucar. Lo peor no es que nos engañen tres veces. Lo peor es que aceptemos el continuado fraude con el silencio de los corderos. Lo más indecente no es que nos conduzcan al matadero. Lo más indecente es que allanemos el camino a los falsos pastores de las iglesias civiles. La horda. Por rudimentarios que sean los vínculos de quienes la integran, el grupo se primitiviza hasta el extremo de devenir jauría. Cuando la horda se degrada a ese nivel, la condición humana se aproxima al instinto animal. Entonces, la ley del pueblo es suplida por la ley de la selva.

 

La horda era el aviso de la catástrofe. La Primera Guerra Mundial apenas enseñó nada. Las hordas se tomaron un respiro de racionalidad que pronto se trastocó en erupción ígnea del instinto asesino. El período subsiguiente nada regeneró. Años de felicidad loca que antecedieron a la depresión del veintinueve. Umbral de una nueva guerra. De nuevo lo advirtió Blasco. Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, publicada en 1916, revela una Europa rota. La contienda mundial nos mostró nuestro pálpito más salvaje e invencible. El instinto arrasó a la razón. Entre los sentimientos, el odio campeó. La discordia se hizo dueña. Las heridas no restañaron y jamás se cerraron las cicatrices.

 

Eran muchos los que tenían interés en azuzar a las hordas. La guerra es una fuente de negocios para los más crueles y más desalmados. La memoria histórica es el filón letal que impide el cierre de las hostilidades. Los señores de la guerra son los responsables. Los culpables. Las hordas, fieras al cabo manejadas por el líder impostor. No queramos que el apocalipsis nos aceche. No lo queramos.

 

Un saludo.

 

LA CAVERNA

Mala cosa el resentimiento. Cuando la vida conduce al fracaso, la animosidad ahoga. El fracaso es el resultado del desequilibrio de una balanza sin fiel. En un platillo, las virtudes que se creen notorias. En otro, las compensaciones, advertidas como insuficientes. La desproporción de los pesos lleva al norte del triunfo y al sur del desierto. Tan capaces y tan desgraciados, se dicen y se sienten los que envidian, y sufren, el valor  o la categoría ajenos.


Una cierta curiosidad morbosa me ha llevado, durante el pasado fin de semana, a pinchar “El Plural”, ese periódico digital que dicta don Enric Sopena. Digo dicta y digo bien. Dirigir es otra cosa. La portada de este medio constituye toda una pedagogía. Esta pedagogía excede el sentimiento de la tirria o de la antipatía. Va mucho más allá. Predica el odio. Un odio interesado. Un odio de conveniencia, como el amor vacío de algunos matrimonios. Un odio que, además de la desgracia del enemigo, tiene como meta el interés económico propio. Es el odio del botín, del trofeo, de la destrucción, del enriquecimiento del que no quiere.


A tal extremo llega el resquemor de don Enric hacia la derecha, que la página inicial de “El Plural” se dedicó en su práctica integridad al Partido Popular. Con el fin de despedazarlo, no crean que para hacer apología de Rajoy o de su grupo. Una pasada, miren. La avalancha de ataques me ha compelido a abandonar mi decisión de ir más allá en mi intención lectora. Quien puso el nombre al periódico del señor Sopena, sí sabía lo que nombraba. Cortinón de humo que oculta la herida purulenta por donde supura el medio. El Plural quiere decir, en realidad, El Singular. El Único. Sólo hay libertad de expresión si quien la practica es don Enric.

 

Qué pretende el señor Sopena. Despellejar a los populares. Con qué finalidad. No la de hacerlos desaparecer del mapa. Cantaría demasiado y olería peor. Tal vez, ningunearlos. O mejor, arrinconarlos de manera que Aznar caliente pero no queme. Y más claro: que el PSOE de su alma siga mangoneando en el patio de Monipodio para que los perros callejeros y los mendigos que, a su paso, recogen migajas, no pierdan sus miserables fuentes de supervivencia.


Mercenarios desgraciados de un poder que se vende democrático y que, en realidad, es el disfraz demoníaco de una insoportable tentación dictatorial. Todo contra el PP para que el PSOE siga disponiendo. Maravillosa visión de la objetividad. Olvida el señor Sopena que, tras el PP, hay millones de personas sencillas, honradas, buenas, entusiastas y sinceras que, en buena lid, procuran, sin ánimo de lucro o de beneficio particular, la victoria electoral de los suyos. Como las hay, en igual medida, aupando al PSOE. En esa confrontación ideológica, la inmensa mayoría del pueblo actúa por amor a y no por odio hacia. No son enemigos. Tan sólo adversarios políticos que impulsan a una formación u otra. Sin esperar dádiva o limosna alguna a cambio.


El pueblo, don Enric, se mueve en pos de horizontes limpios que pasan por tener un trabajo, construir una familia, consumir en su medida, ahorrar lo imprescindible, educar a sus hijos, contar con un buen sistema sanitario. Y esas cosas tan domésticas y tan prosaicas. Es el mundo racional. Siendo muy sensible, ese pueblo quiere satisfacer sus necesidades inmediatas. No cobran por vocear en las norias ni por gritar más fuerte que sus interlocutores. Pagan, tan buenos son, por verle ganar o perder en ese pugilato dialéctico que avergonzaría a Marx y, sobre todo, a Hegel.


De ahí la caverna, señor Sopena. Vd. y los que como usted manipulan la información con tanto descaro como ignominia, sólo ven sombras. No tienen el don del conocimiento racional. Si lo poseyeran, no querrían estar en esa caverna tan deprimente. Lo que pasa es que el maldito parné...

 

Salgan de la caverna y no atribuyan a los demás lo que a ustedes caracteriza. Caverna. Sombra. Oscuridad.


Un saludo.

LA POLICÍA DE RUBALCABA

Se atribuyó a Fraga la frase lapidaria de “la calle es mía”. Corría el año 1976 y el fundador del PP, ajeno entonces al partido que sería después, era Ministro de la Gobernación. Presidente del Gobierno, Adolfo Suárez. Balbuceos de la Transición. Rememoranzas de la dictadura franquista. Tics tiránicos de quien no ha conocido más régimen que el de Franco. 2010. Estertores de la Transición. Rubalcaba, Ministro del Interior, parece que “la policía es suya”. Presidente, José Luis Rodríguez Zapatero. Melancolías de Lasa y Zabala o del GAL. Vidas paralelas en una realidad de la que uno y otro huyen. Se refugian ambos en las ideologías porque no pueden vanagloriarse de sus palabras y de sus acciones.


El jesuítico Pérez y el explosivo Iribarne, más juntos de lo que quisieran y menos demócratas de lo que se jactan. Policía y calle, unidos, siempre estarán, con perdón, jodidos. Sobre todo si los que se dicen gobernantes, se creen reyezuelos-soles, revestidos del divino derecho del mandato constitucional. Y no es eso, no es eso. La calle, del pueblo. Igual que la poli. No hay más soberanía que la popular ni más legitimidad que la del sufragio. El pueblo vota a sus representantes pero no les da un cheque en blanco. Al contrario. Si Rubalcaba, ahora, y Fraga, tres década antes, actúan como sátrapas, están tomando el sagrado nombre de la democracia en vano. Hacen del sufragio un exvoto, de lo inorgánico, orgánico y de la Constitución, un trapo.


La policía es un cuerpo de seguridad del Estado. Del Estado. Del Gobierno de turno, no. Funcionarios distinguidos de empleo y discriminados de sueldo. Los policías. El que algunos se dejen atrapar en las redes corruptas de algunos partidos, no es extrapolable ni a toda la policía ni a todo el Partido. De la misma forma que abomino de la parábola del hijo pródigo, me repugna el dicho o el acto de meter a todos en el mismo saco. Es la injusticia sublimada.


El señor Álvarez Cascos ha efectuado unas declaraciones muy polémicas. Y muy concretas. Mientras el PP se pone de su lado, el PSOE las condena. Tuya y mía. Mía y tuya. Vergüenza nacional. Diatriba de la estupidez. Alabanza del humo asfixiante. Si lo que ha dicho Cascos es mentira, Rubalcaba debiera interponer, ya, una querella criminal contra el ex ministro de Aznar. Sin dilación. No se puede manchar el nombre de unos defensores del Estado de Derecho. El problema radica en que sea verdad y se pueda demostrar. Exceptio veritatis. Cuántas atrocidades dejan de proferirse por temor a la fuerza de la verdad. Cuántas barbaridades se escudan en la mentira impune.


Al Juzgado. Señoras y señores del Gobierno, a los tribunales. Déjense de monsergas y de expresiones tan vacuas y fatuas como cobardes. Querella al canto. De la misma manera que en el caso Bono. Si consideran que se está injuriando al Presidente del Congreso, denuncia que te crió. Exceptio veritatis. He ahí el límite. Ahí está el miedo. Que los presuntos difamadores posean pruebas irrefutables de cuanto aseveran. Que los querellantes tengan miedo de que todos veamos sus vergüenzas al aire libre. Que no, Fiscalía. Fiscalía General del Estado. Fiscales anticorrupción. De oficio, señores y señoras del Ministerio Público.


El silencio y el intercambio de acusaciones no hacen sino enturbiar más y más la vida política. Lo que preocupa a este opinante no es la credibilidad de algunos políticos. En absoluto. Lo que alarma es que algunos listillos se enfunden la camiseta roja de la democracia española y la hagan jirones. Los que tenemos una edad avanzada no podemos soportar un retorno a la cueva de la dictadura, pero menos aún que nos conviertan la democracia en un estercolero de ultras, donde los stalinistas y los fascistas campen a sus anchas.


La policía, constitucional. La calle, espacio de libertad. Los que no entiendan esto, se han equivocado de país, de sistema y de régimen. Vayan todos a reciclarse. Vayamos.


Un saludo.

 

 

EL CASO BONO

 

Lo que va de la duda a la sospecha. La duda no hace sino suspender el ánimo, de forma transitoria, antes de determinar la solución más correcta. Sin embargo, la sospecha es una conjetura, una hipótesis, que se funda en una apariencia de verdad. Duda y sospecha se oponen a la certeza, es decir, al conocimiento claro y seguro de algo sin temor a la equivocación.


El caso Bono es, por sí mismo, por la idiosincrasia del político, un caso apologético de la duda, de la sospecha y de la certeza al mismo tiempo. Presidente de la Comunidad castellano-manchega durante muchos años, Ministro de Defensa, un tiempo, y actual Presidente del Congreso de los Diputados, el señor Bono es todo un paradigma de político profesional capaz de sobrevivir a los embates de la primera línea, sin alcanzar el cénit de su carrera. Hasta ahora.

 

Tantos años en la vida política son causa formal de formación de un patrimonio sólido, a poco que se haya llevado una vida ordenada, una administración eficiente y una política inversora eficaz. Esto es una certeza. En el caso de Chaves, el andaluz, la certeza se devalúa a la categoría de sospecha a juzgar por sus declaraciones patrimoniales. Pero, en fin, eso es otro cantar.


Servidor manifiesta, pues, una certeza sobre el patrimonio de don José Bono. Desde luego, no es el de un simple trabajador de la construcción ni siquiera el del propio presidente del Gobierno, por más que éste acumule dos décadas de parlamentario. Sí tengo dudas, sin embargo, si con los únicos ingresos del albaceteño se puede acumular la riqueza inmobiliaria que algunos medios le atribuyen. Tantos pisos de alto standing no parecen conjugar con las remuneraciones del ex ministro. No parecen. Dudas.

 

No sospecho -que pudiera- sobre la legalidad de adquisición de esos inmuebles. En absoluto. Lo que sí pienso es que pudiera incurrir en ciertas prácticas negociales, en la materialización de ciertos favores, que se alejan de la apariencia de ética que se exige de cualquier padre de la patria y que resultan claramente antiestéticos en parlamentarios que hacen de su vida pública un ejemplo a seguir. Máxime si, como en el caso de los psoecialistas, hallan en la ayuda a la ciudadanía más desfavorecida su horizonte de servicio público.


Bono, católico de autoproclamación, ya dejó estupefacto a más de uno votando a favor de la ley del aborto. En su lucha interna entre dos disciplinas, Bono se alojó en la obediencia jerárquica a su partido y despreció el acatamiento a la doctrina de la Iglesia. Eligió entre salir en la foto o aparecer borroso en la misma o incluso desaparecer por completo. No podía ser de otra manera. Ande yo caliente... Al fin y al cabo, el PSOE es otra iglesia. La decisión tomada fue dura. En todo caso, menos dura que la otra alternativa, que podría haberle costado una rotura de la crisma. No de los huesos propios de la nariz, no. La crisma. Toda ella.


Determinadas mis certeza, dudas y sospechas acerca de la patrimonialidad inmobiliaria de don José, me queda una última reflexión. ¿Es el señor Bono un experto en propaganda al estilo Goebbels o, por el contrario, un modelo de político camaleónico o, tal vez, un espécimen político de la más rancia derecha que nos está vendiendo la imagen de izquierda populista? Dicho de otro modo, ¿nos encontramos ante un Lerroux del siglo XXI, un Antonio Pérez del reinado de Felipe I González, o un simplista Juan Domingo Perón? En torno a esta preguntas, carezco de certeza, albergo dudas y revelo mi sospecha. Para mí, que tiene de todo un poco. Presuntamente. Tan presunto como su patrimonio inmobiliario. Legal.

 

No hay caso Bono. Lo que sí es que Bono es un caso. Caso clínico. Digno de estudio.


Un saludo.