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Francisco Velasco. Abogado e historiador

EJEMPLARIDAD

 

 El discurso del rey de España ha sido importante. El monarca sabe que se la juega. El personal no está por perdonarle sus últimos modelos de conducta. La familia del Jefe del Estado se ha venido comportando como un paradigma de lo que no se debe ser. La pérdida de autoridad moral es un grifo abierto sobre bañera taponada. El agua se desborda y la humedad provoca daños en todo el edificio.

 

Las exigencias de ejemplaridad de Juan Carlos I suenan a huecas. Una oquedad que desvanece ilusiones. La ciudadanía está hasta el gorro de políticos corruptos. En el seno de este hartazgo, la Corona sintetiza el malestar común hacia todas las instituciones. Aquí nadie escapa al metrallazo. Para ser ejemplar, es necesario distinguirse por el rigor y esta cualidad sólo es posible si se cultiva la rectitud. Por esta vía, Su Majestad deja muchos flancos abiertos. Una cosa es el respeto a la justicia y distinta que se la obedezca a la fuerza.

 

La Constitución es un  marco flexible que ampara mucho a muchos. Mas no es la panacea. Las dificultades que comporta su reforma a fondo no pueden perpetuar los males detectados y señalados. El orden establecido puede ser injusto. En cuyo caso, alentar el desorden puede constituir un trompetazo a la venda de la justicia. Como decía Plutarco, la realeza se subordina a la justicia. Y es que justicia alguna debe someterse a la conveniencia del más poderoso.

 

Ortega y Gasset escribía en su obra “El espectador” que líder es quien destaca por una excelencia tal que atrae compulsivamente a los demás mediante un contrato mental de adhesión, incluso de secuacidad. A este fin, la ejemplaridad debe ser auténtica y no aparente. Aquí falla la prédica del rey de España. Su discurso me sabe a falso por genérico y a desvirtuado por inconcreto. Si alguien pulsa el interruptor de la luz, no coloca, como él ha hecho, la lámpara en el sótano abandonado.



La autoridad no se regala. Se conquista. El pueblo no elige a un vicioso para representar a su país ni a un macarra para gobernarlo. Las exigencias de ejemplaridad deben ampararse en hechos y no en huera palabrería de pusilánimes crismas navideños. Nada sobre Corinna. Ni sobre las comisiones. Ni sobre la infanta y su marido. Ni sobre las presiones a los jueces. Ni sobre los gastos suntuosos. Un tupido velo. Una gruesa capa que todo tapa. Falta la autoridad que proporciona el ejemplo y sobra la autoridad que emana del poder.

 

Así, no. No y no. Claro que el rey dirá: o todos los políticos moros o todos cristianos. Y así, el barco español no es que cabecee. Es que se escora de forma peligrosa. Hay que confiar en que no dé la vuelta de campana. Está por ver.

 

Un saludo.

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