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Francisco Velasco. Abogado e historiador

LA CURIA

 

 No me gusta hablar de la iglesia católica. Hoy, día de nochebuena, me voy a permitir unos apuntes. Sobre la Curia.

 

La imagen del Papa Bergoglio con la curia me ha producido picazón y mal gusto. Por dos razones. En primer lugar, por el lugar de congreso. Oigan que no es en el salón de actos del Parlamento ni el hemiciclo de la Cámara Baja. Que hablamos de palabras únicas y joya de arte excepcional como pocas. En segundo lugar, por la Curia en sí misma, en su dimensión de corte regia que asiste al Papa en el desempeño de sus funciones.

 

Existen ilustraciones que retiran el brillo y se empapan de oscuridad. He aquí una de ellas. El Pontífice rodeado de una representación del gobierno de la Santa Sede reproduce una forma de vida obsoleta e incluso anacrónica. Estilo Rusia de los zares o Versalles en todo su esplendor. Los vientos de cambio se han ido al garete con la instantánea.

 

Si el Papa Francisco tiene que despachar con su gobierno, dispone de numerosas estancias para hacerlo. Con un aire de trabajo y de esfuerzo bien distinto a la pompa ceremonial. Como si Julio II hubiera extendido sus brazos desde el más allá y hubiera abrazado con su lujo de guerrero victorioso a cada uno de los padres de la iglesia de la misericordia. Una contradicción que hiere y que duele.

 

Sé que el Papa aporta voluntad de cambio. Que las transiciones deben realizarse con prudencia. Lo sé y defiendo esa tesis. Las revoluciones suelen acarrear gravísimas enfermedades a instituciones afectadas de un boato de siglos. Sin embargo, esta reunión de la curia papal constituye un contrasentido y un error mayúsculo. Al hambre de la ingente representación de miembros del gobierno, -ni en el país más poderoso de la tierra se luce a tantos ministros-, se une las ganas de comer de la desproporcionada grey. Para felicitar las pascuas, hubiera bastado una postal navideña.

 

La Iglesia es mucho más que una pléyade de cortesanos. Sin necesidad de reeditar la humildad del Portal de Belén ni las sayas de los pastores, las luces del espectáculo curial arruinan la necesaria mostración de una nueva vida de austeridad. No más Barroco. Uno de los aciertos de Juan Carlos I fue el desprenderse de la losa de la Corte que parasitó a la monarquía desde su nacimiento.

 

La nobleza radica en el comportamiento ejemplar, en el trabajo, en la sencillez, en la competencia, en el servicio a los demás. Mercaderes y banqueros, príncipes y curiales, están de más en la esfera terrenal de la que se tiene como un sacramento, como el signo que une a Dios con la Humanidad, en tanto esa Iglesia fue fundada por Cristo.

 

Mi deseo de paz a todos. Tengan buena o mala voluntad.

 

Un saludo.

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