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Francisco Velasco. Abogado e historiador

CONSTRUIR SOBRE MENTIRAS

 

 Decía Bismarck que nunca se miente más que en el transcurso de una guerra, después de una jornada de caza y antes de las elecciones. A uno le consta la certeza sociológica de estos engaños. Sin embargo, a la luz de las experiencias actuales en España y dada mi aversión por la caza, me quedo por el embuste previo a los comicios.

 

Rajoy, que vendió carne fresca y pescado sin congelar antes de abrazar el poder, nos regaló una sarta de embustes que, a día de la fecha, le siguen pasando factura. A lo largo de su carrera política, Mariano ha mostrado su alma desconfiada allá donde le tocó jugar su papel ministerial. Es la falta de fe del registrador que, sin embargo, como el notario, hace de esa virtud su principio profesional. Ya se sabe lo que ocurre con el cuchillo de la casa del herrero. El señor Rajoy no las tenía todas consigo y las urnas le provocaban un temor enfermizo. Ni siquiera se detuvo a calibrar la pésima repercusión de las hazañas de ZP en los ciudadanos. Como si fuéramos tontos. Sin necesidad de un solo mitin, el PP hubiera ganado de calle las elecciones. Cualquier cosa con tal de apear del gobierno a la calamidad viviente anterior.

 

La desconfianza es hermana del embuste. Aumenta éste y se incrementa aquella. Es preferible la apariencia que la esencia, parecer que ser. Y claro, entonces la corrupción adquiere carta de naturaleza porque no sólo se destripa la verdad con la palabra sino que se la pisotea con el silencio. Cuando escucho a un colega sobre la necesidad de vacunarse contra la mentira, me pongo en guardia. La mentira es una enfermedad que no se combate con penicilina ni con antibióticos. Es más, no existe medicina alguna contra ella. El único remedio contra este mal de todos los siglos de la humanidad se receta en pergamino de transparencia y sus efectos se miden en destituciones, condenas, destierros y férreas voluntades de impedir la continuidad de la pandemia.

 

El político que promete lo que sabe no ha de cumplir, levanta trolas con la intención del beneficio económico o de la influencia social o del poder avariento o de la búsqueda del placer o la pretensión de la exaltación propia o de la biblia en pasta sin que le frene el escrúpulo ni se detenga por la humillación de los demás. A saber qué malos pensamientos llevaron a Rajoy a prometernos su nirvana y dejarnos, por el contrario, su calvario personal y sus demonios familiares. Pero lo cierto es que estamos padeciendo la travesía del desierto más temido. No ya por las carencias. Por las esperanzas fallidas, por las ilusiones truncadas, por la verdad fugitiva.

 

Nunca los medios justificaron el fin. Rajoy no podrá hacernos creer que en su gobierno crecen rosas porque sus plantas son cardos borriqueros. Muchos votaremos su propuesta. Muchos que, como servidor, rendirán su voluntad soberana a la necesidad de impedir que el peor sustituya al muy malo.

 

Un saludo.

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