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Francisco Velasco. Abogado e historiador

YA MISMO

“Aquí no paga nadie”. Darío Fo titulaba así una de sus obras. En la Roma de alcalde comunista de los años setenta y ochenta del pasado siglo, los autobuses resultaban gratuitos para los usuarios. Una salida magnífica para los pobres. Una bicoca exquisita para los pícaros. Ni los turistas abonaban el billete. De vez en cuando los carabinieri realizaban una inspección rutinaria e imponían alguna sanción administrativa a los listos. Poca cosa.

 

En España nadie dimite. Políticos y sindicalistas, menos. Escribía Lenin que en toda revolución la cuestión del poder con mayúsculas es fundamental. Una vez conquistado el mismo, comenzaba la guerra contra la burguesía. La victoria daría alas a ese poder y lo convertiría en invencible. Para ello, era preciso conjugar el verbo resistir. En un doble camino. Soportar las ofensivas del enemigo y romper las murallas de los adversarios. Y todo pasaba por la dictadura del proletariado. El amigo Ulianov acertó de pleno en la estrategia. Incluso me atrevo a afirmar que su tesis pasaba por hacer creer que el proletariado regiría los destinos de sus dirigentes.

 

A raíz del conocimiento y difusión de las mil y una cacicadas perpetradas por mandos de los sindicatos verticalizados actuales, léase sobre todo UGT y CC.OO., toma cuerpo el pensamiento leninista. Cándido Méndez ha instado a sus colegas andaluces a asumir responsabilidades sobre facturas falsas y otras estafas. De ahí su amor a lo público y su desprecio a lo privado. En el primer bolso guardan las falsificaciones, las explotaciones de obreros, el desfalco de los caudales y unas cuantas bombas activadas contra el código penal y ético. En el “bachiller” privado, tienen muy difícil descorrer la cremallera.

 

Méndez, que debiera dimitir, se aferra, sin embargo, al cargo con idéntica ansiedad con que el condenado a la horca clava sus ojos en la soga. Saca a relucir los vicios barcenistas para culpar a la derecha de las fechorías de la izquierda. Un primer paso de resistencia, cumplido. La segunda medida es la de proclamar la honorabilidad del sindicato y la entrega desinteresada de sus responsables a la causa obrera. Esta nota queda reflejada en la corporación mediática afín. Por último, después de negar la influencia del sol y del agua en la fotosíntesis, procede rearmar a las bases para que la amenaza de guerra social “acongoje” al gobierno de turno.

 

Resistir es vencer. Dimitir es morir. Salvo algún suicida desconocido, causar la muerte propia no está escrito en el cuaderno de bitácora de ningún lobo de mar del sindicalismo. Entrevistado en televisión por Ana Pastor, nada sospechosa de sus inquietudes ideológicas, el señor Cándido ha manifestado que, en su fuero interno, sí ha barajado el escenario de la dimisión. Lo que pasa es que el chaleco antibalas que gasta, evita que los disparos externos alcancen su epidermis y, por supuesto, que los pequeñitos escrúpulos morales internos asomen al exterior. En España, los únicos golfos son los de la derecha. Los de la izquierda de gorra, ni realizan actos terroristas ni sucumben a la corrupción ni falsean facturas… “ni ná”. Se limitan a resistir. Porque, repito, resistir es vencer.

 

Dimitir, ya mismo.

 

Un saludo.

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