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Francisco Velasco. Abogado e historiador

SOCORRO, VUELVEN LOS CENSORES

 

 La regresión no es sólo económica. Los problemas de la austeridad en el gasto se perciben en los reflejos de la restricción de la moral. Aprovechando que se recortan los ingresos, algunos se muestran partidarios de alargar las faldas y cerrar los escotes. El decoro. Oigan, como en los años cincuenta en que se medía la honestidad de las mujeres por la longitud de sus faldas, por la cantidad de tejido que ocultaba sus carnes y por los velos obligados a la hora de acceder al templo para escuchar misa. Horror.

 

La mayoría de los que hoy superamos los sesenta, vivimos en nuestra adolescencia los efectos de la censura. Censura que, al cabo, no es sino la manifestación más grosera e impune de la ausencia de libertades. La mayoría de nosotros veíamos las películas de destape con los ojos de la represión y los colores de la vergüenza ante el desnudo femenino. Como si hubiera que recurrir a la mutilación de nuestros instintos.

 

Que después de treinta y cinco años de democracia, existan movimientos que pretenden un retorno hacia aquellos monstruos, preocupa y mucho. Las vueltas atrás son señales de encogimiento intelectual, cultural y moral. No traen sino humillaciones públicas de emociones privadas.

 

Ya hasta en la televisión española del gobierno de turno, se hace campañas a favor del decoro en el vestir. Que si minifaldas excesivas o pantalones que muestran traseros o camisas que dejan ver pechos o atuendos que tratan de provocar al personal. Lo que me quedaba por escuchar.

 

Miren. Dejemos las cosas como están. Los jóvenes y los adultos vistan como gusten. Al óxido acumulado en algunas cabezas, doble ración de minio. Contra la caspa del pensamiento, el champú de la limpieza mental. Frente a las tentaciones de liberticidio, las acciones de la coherencia y transparencia personales.

 

No jodamos la marrana, con perdón. Que las meninges enfermas de personajillos al uso no se extiendan a la sociedad. Los ciudadanos somos y estamos sanos. Si hay epidemias de moralina fundamentalista, apliquemos la vacuna del sentido común y enarbolemos la bandera del respeto a los demás. Los demás somos la inmensa mayoría. Si alguno se instala en la ablación del clítoris, a ver si se autoaplica un lavado de su cerebro. Decoro en el vestir, bueno. Pero antes, decoro en el hacer, en el gobernar, en el respetar, en el tolerar…

 

Un saludo.

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