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Francisco Velasco. Abogado e historiador

HIJOS DE LA LOGSE

 

 He defendido, y en ello sigo, las bondades de la denostada LOGSE. Sostengo que es la ley más avanzada y equilibrada de la historia de la educación española. Todo un Fórmula 1. No obstante lo cual, también he criticado con toda la acritud que he podido que se trata de mucho coche para no tener ni para gasolina ni para taller ni para garaje. Y encima, los ingenieros que crearon la norma se despreocuparon del seguimiento de los asesores y de los inspectores que debían supervisar su desarrollo y su cumplimiento. EL Psoe, y sólo el Psoe, es el culpable de esta estafa monumental. En los años del despilfarro, esta ley fantástica no podía financiarse y, sin embargo, con voluntad de derroche e intención de figurar, ahí tienen los resultados, por otra parte absolutamente predecibles.

 

Ser profesor es tarea muy complicada. Requiere una gran formación humanística, una especialización concreta, una capacidad de esfuerzo permanente, una pedagogía a prueba de bombas y, en suma, un disfrute de mínimos recursos materiales. Con dificultades como las reseñadas, la tarea es complicada. Mas si a esto añadimos la difusión interesada de que los centros educativos logsianos debían transformarse en templos de culto a la felicidad de los alumnos y de sus padres, que la disciplina es un  acto de agresión a la libertad de los estudiantes, o que el valor del esfuerzo y de la abnegación están ínsitos en la ideología fascista, pues nadie puede esperar sino una bajada constante, acelerada y dramática del nivel de enseñanza. Claro, los profesores dejaron de ser docentes y se convirtieron en figurones de un teatro macabro, los alumnos se hicieron dueños del escenario haciendo mutis por el foro cada vez que les apetecía, y los títulos académicos, los graduados escolares, se expedían a un precio inferior a lo que cuesta comprar un churro en el quiosco de la esquina.

 

Los medios de comunicación recogen la noticia de que en la Comunidad de Madrid, el 86 por ciento de los maestros aspirantes a ocupar una plaza en un centro público educativo de la región no aprobó la prueba de conocimientos básicos. Ni siquiera el nivel de los alumnos a los que tiene que dar clase. En Geografía, en Matemáticas, en Lengua o en Historia. Y qué esperaban. Las facultades universitarias recogen la cosecha que proviene del Bachillerato y éste se nutre de las enseñanzas primaria y secundaria. De qué se extrañan. O es que la situación sociolaboral del profesorado no es bastante conocida. Bastante tiene con defenderse de las agresiones de alumnos, padres, inspectores y políticos ineptos metidos a gestores de una empresa imposible para ellos.

 

 Lo grave no es que los maestros reseñados ignoren por dónde pasa el Ebro, si Soria es una región, si no saben ordenar números decimales o si la palabra escrúpulo significa salida del sol. Lo extremo es que la consejera y otras glorias vivientes de la gobernanza de esta España nuestra se enteren tarde y mal. Y el colmo, que a sabiendas de lo que acaban de aprender, mantengan todo el sistema en el finísimo hilo del que pende el sistema de educación pública. Pública. En la privada, las cosas funcionan de manera distinta. Con lo cual, los menos son los más y los más reciben el suspenso general.

 

El sistema debe cambiar con urgencia. Nunca es tarde para rectificar. Servidor dijo en cierta ocasión que, al paso que caminamos, el nivel de enseñanza ha bajado tanto que el informe PISA no muestra la verdadera realidad de nuestra pobreza cultural. No hay problema. Todo es susceptible de empeorar.

 

Mientras tanto, que los inspectores de educación sigan exigiendo informes estúpidos a los profesores que se atreven a suspender a un número de niños mayor del que a su permanencia en el staff conviene. Por eso, antes de buscarse nuevos enemigos, a tomar por saco, aprobado general y el que venga apechugue. País.

 

Un saludo.

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