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Francisco Velasco. Abogado e historiador

EL SACO DE HACIENDA

Montoro no imprime carácter a la administración tributaria. Sencillamente se mimetiza en su prepotencia. La agencia tributaria sabe más que dios y compite con sus demonios a la hora de decidir quién es reo de delito. Un caso clínico que debe tratarse cuanto antes. Una paranoia a la que solo se enfrentan quienes tienen mucho que perder o los que están convencidos de que poco les pueden arrebatar a estas alturas de su pobreza.

 

Si la agencia tributaria te hace una paralela o te abre un expediente sancionador, ya tienen registrado el contenido genérico de su acusación: ha introducido datos falsos o ha aportados documentos erróneos. Corta y pega. Para qué más explicaciones si los curritos se encuentran inermes a los pies de los brujos de los impuestos. Y se queda tan ancha. Pero bueno. Al menos, por decencia, digan qué datos falsos se han introducido o qué documentos se han pifiado. Dejen las generalidades para los políticos mentirosos y bajen a la arena de cada contribuyente antes de revolverle el estómago con sus certificaciones a través del servicio de correos.

 

En el caso de Urdangarín, que me la repanfinfla en sentido personal, tanto de lo mismo. La tributaria, o mejor, la tribrutaria, de bruta, te suelta un mandoble al cuello y te raja la yugular mientras a otros le coloca una bufanda en la garganta para que no padezca las inclemencias del clima. Los técnicos tribrutarios, de brutos, ratifican que el esposo de la Infanta Cristina fue el principal actor en la trama del fraude y que actuó con voluntad de engaño en la descripción de los servicios facturados y en la utilización de una sociedad interpuesta. Como si el engaño fuera un argumento objetivo y no el resultado de una interpretación muy subjetiva. Entonces, siguiendo esa línea de pensamiento deductivo/inductivo, la hija segunda de los reyes de España nunca tuvo, según la tribu de los brutos de hacienda, intención de mentir ni de defraudar. Pero por qué uno sí y la otra, no.

 

Esta doble versión de unos hechos idénticos no se la creen ni los brutos ni los “fisnos”. Servidor tiende a ser muy escéptico con las fundamentaciones de palacio. Aquí se absuelve antes a un general que a un cabo y en este país, los conductores de las cuadrigas del poder saben cómo atraerse el favor del señor al que sirven. A los técnicos de la tribu bruta les puede dar un revolcón el juez de turno que, al cabo, deba juzgar el delito. Y si sentencia que de delito, tururú, por muchas irregularidades que se acrediten, los de hacienda van a encontrarse, una vez más, con el rabo entre las patas y con el pueblo ciscándose en la memoria de algunos de sus antepasados, convencido de que el rastrillo se aplica con fuerzas desproporcionadas y hacia sujetos bien definidos. Entre don Iñaki y doña Cristina, no hay más que el color azul de la sangre de estirpe. Pero cómo quema ese color a los patanes que se desviven no ante la monarquía en particular, sino ante los poderosos en general.

 

Hacienda no nos mete a todos en el saco. A unos cuantos privilegiados los exonera porque la fuerza de la tribrutalidad se rinde ante la potencia del verdadero gobierno de los hombres. Y sin tan certeros son en sus apreciaciones, cómo se explica que hasta ahora no se hayan apercibido de los delitos. A dónde miraron antes, y después, de los mismos. Y si dicen que no se enteraron, qué clase de agencia es la que nos esquilma los bolsillos.

 

Cuidado con los sacos y con los hombres de los sacos. De niño, causaban miedo. De mayores, pánico. No obstante, que tengan cuidado con el saquito. No sea que algunos de ellos se vean en problemas de injurias y de calumnias. Tanto saco y tan poca hacienda.

 

Un saludo.

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