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Francisco Velasco. Abogado e historiador

ILUSORIO

 

 

Recuerdo un texto de Gregorio Marañón en el que refería que una de las fallas de la Segunda República era el escaso nivel de los dirigentes políticos. Ya antes, Ortega y Gasset había expuesto su decepción una vez transcurridos siete meses del nuevo régimen republicano. Decía: tras la ilusión desbordada de abril de 1931, el proyecto de Azaña se diluía en el ácido de la desazón y de la tristeza de las clases populares.

 

Poco tuvo que ver la oposición de las derechas. Más influencia negativa ejercieron las clases conservadoras. Sin embargo, la madre del cordero del fracaso radicó en la propia turbulencia que crearon las izquierdas sectarias, los progresistas de salón, los anticlericales por sistema, los intransigentes de oficio y beneficio, los idealistas de puro en boca y copa en mano, los regionalistas del rencor y los defensores de la insurrección permanente. La democracia pudo estar asediada por las fuerzas de Gil Robles y compañeros mártires, pero el mal se desarrolló a partir de que el ideal republicano desprendió sus raíces de la conciencia de España y de los españoles.

 

La muerte de Franco recuperó el viejo sueño del mito de la República. Del mismo modo que tomó cuerpo el desvaído sentimiento monárquico. A diferencia de los ingleses, los reyes españoles no se revisten de la inmortalidad de su leyenda. Son especuladores del trono que buscan el beneficio fácil durante el tiempo propicio. Después, la vuelta a empezar. Pregunten, si no, a Pilar Urbano y lean el contenido de su libro sobre el papel de Juan Carlos I en el 23-F. El funambulismo de los Borbones es de corto recorrido. El jardazo es inevitable.

 

Como decía Juan de Mariana, las leyes nacidas del pueblo sólo pueden modificarse con el consentimiento de esa comunidad. De no hacerse así, caben el tiranicidio y la revuelta. La primera obligación del monarca es cumplir las leyes y dar ejemplo con el ejercicio de su autoridad. Las transacciones son posibles en ese marco. Pero sin trascender la confianza en la ley.

 

Al principio de la Transición, Juan Carlos I resucitó, paradójicamente, la España republicana. A la vez, amortajó la profesión de fe hacia la nación española. César Vallejo plasmó genialmente la lucha rediviva entre los descreimientos de España y el fervor catalanista. “Cuídate España, de tu propia España, Cuídate de la hoz sin el martillo, Cuídate del martillo sin la hoz, Cuídate del futuro”, versificó.

 

Franco murió. Su fantasma sigue vagando, sin embargo, por los castillos del aire de las cabezas de muchos. No más fronteras en la España de Europa. No más desvaríos. Dejemos las agresividades identitarias de algunos colectivos que se suben al campanario de sus alucinaciones.

 

Un pensamiento basado en emociones y no en razones tenderá siempre a retorcer la raíz de todos nuestros árboles, que recogió Nicolás Guillén.

 

Un saludo.

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