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Francisco Velasco. Abogado e historiador

EL MUNDO DE PEDROJOTA

 

Algo ha cambiado. O todos estamos equivocados. Pedro J. Ramírez ha sido relevado. O ha dimitido. O qué. La noticia ha recorrido la geografía nacional alentada por los serenos de las tertulias radiofónicas y televisivas. ¡Quién va!

 

Y, sin embargo, la eterna paradoja. La libertad de expresión del periodista, sojuzgada por el mutismo interesado del periódico. El Mundo no había dicho esta boca es mía a las 13 horas del día 30 de enero. Las redes sociales se ceban, mientras tanto, con el tema.

 

Habrá que ver. Lo que ya está visto es que marino alguno está al resguardo de los vientos dominantes y mucho menos de las tormentas pluscuamperfectas. El gran almirante que es Pedro Jota sufre los embates de las crisis políticas y económicas. Como los padeció el gran Cristóbal Colón. Nadie es imprescindible.

 

Con todo, en la cocorota de cada lector bulle la idea de la conspiración. Es verdad que los tiempos actuales escriben necrológicas de empresas que, en un otrora muy cercano, fueron pabellones de prosperidad. Y más cierto que la crisis financiera se ha cobrado millones de cadáveres de todos los segmentos económicos. Y que el cofre áureo de la publicidad está completamente vacío. Muy bien. Todo está muy bien. Pero no.

 

La supuesta defenestración de Pedro Jota es un acontecimiento casi planetario. Estamos hablando de un ciudadano Kane a la española que se ha llevado por delante a presidentes del gobierno y a gabinetes ministeriales al completo. Nos referimos a un personaje que se encumbra en altares superiores a los periodistas que se cargaron al todopoderoso Nixon. Pedro Jota es la estrella española del periodismo de investigación en toda su historia. Por encima del Primera Plana cinematográfico y mucho más allá de los viejos directores de los imaginarios rotativos de Supermán o de Spiderman.

 

La prensa en general podrá escribir los obituarios que quiera. El Mundo, no. Por respeto a su brillante historia, la deslumbrante cabecera del Grupo Editorial debe dar la cara. De lo contrario, escribirá un epitafio de urgencia en la estela de su tumba: con él acabó la expresión. Muerto el director, viva el periodista.

 

Las seis “w” han de esclarecer la noticia. Los demás pueden desarrollarlas a su gusto. El Mundo tiene el compromiso moral de explicarlas conforme a la verdad. Por el bien de la institución y de las libertades.

 

Un saludo.

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