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Francisco Velasco. Abogado e historiador

URDAN A GARIN

 

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Recibo con satisfacción que el juez del caso Nóos admita la personación de la Abogacía del Estado como acusación particular. La igualdad de los españoles es el derecho fundamental que adjetiva las libertades del núcleo duro de nuestra Constitución. Sustantivo que adquiere su más alto valor cuando nos enfrentamos a los tribunales de justicia y, sobre todo, no nos engañemos, cuando hacemos valer el eslogan de Hacienda somos todos.  Hasta ahí, de acuerdo.

 

En este proceso mediático en el que la unanimidad de la condena preside los editoriales de todos los medios más allá de la ideología de cada uno, los pescadores de ríos revueltos persiguen una pieza mayor a través de la travestida técnica del disparo por elevación o de la canasta bomba. En este momento, la prudencia y la cordura deben imponerse. El delincuente convicto y confeso deberá afrontar sus penas conforme a ley. La familia del reo sufrirá la afrenta moral que corresponda pero no puede participar de la pena ni con la multa ni con la cárcel ni con el destierro ni con la aniquilación. Aprovechando que el Odiel pasa por Huelva, a ver si contaminamos sus aguas con unas buenas balsas de fosfoyeso. No y no.

 

Con Urdangarín está pasando un cuarto y mitad de lo mismo. Como el marido de la Infanta Cristina puede ser empapelado, en el mismo envoltorio cabe el suegro y, en el ataúd floreado subsiguiente, se introduce al rey y, con él, la Corona y toda la monarquía parlamentaria. De esta manera, los enemigos de la democracia que se sustenta en nuestra Constitución  hacen de su querencia por la dictadura (de derechas o de izquierda que me da igual que lo mismo me da) el objetivo irrenunciable. De nuevo, nones. Los que quieran maquinar cautelosamente algo contra alguien en pos de un designio particular, URDAN, que es su derecho. A GARÍN o a Garona. Que dispongan de los hilos que deseen para alimentar la urdidera. A cada uno lo suyo. Sin problemas y sin objeciones.

 

Al suegro del acusado, si quieren alancearlo, pues que sigan en la labor ya iniciada desde ciertos sectores de la sociedad. Allá ellos y que se defienda él. Pero la Corona, no. La Corona representa la unidad del Estado frente a la división orgánica de poderes y simboliza la integración nacional. Demasiado bocado para estómagos tan toscos. Los independentistas de contra, los republicanos de pro, los indignados sin causa y los cabreados con motivo tendrán que acogerse a nuestra ley superior. Y si, a base de presionar, consiguen modificarla o derogarla, nos congratularemos todos porque, en efecto, el pueblo es el soberano. En caso contrario, ya saben, agua y ajo, o bien a Cuba o Corea del Norte.

 

De una vez por todas, a ver si los alborotadores del barro y los aventadores del humus respiran su propio odio. Que entiendan, que es fácil, que la legitimidad de la Corona proviene del refrendo popular, ya que la Constitución establece que el pueblo es el sujeto de la soberanía popular. Y es tan hermosa esta Carta, que podemos expresar ahora lo que la Dictadura nos robó durante cerca de cuarenta años. Así que urdan a Garín pero dejen en paz nuestra serenidad emocional y nuestra seguridad jurídica. Nuestra hermosa libertad.

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