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Francisco Velasco. Abogado e historiador

VEREDICTO SOBRE MEDEA

 

 Leí la Medea de Eurípides siendo adolescente. Releí la tragedia en la treintena cuando mis tres hijos ya estaban en el mundo. La he leído por tercera vez recientemente. En estas tres etapas de mi vida, el sentimiento ha sido idéntico.

 

Déjenme de mitos y de leyendas. La figura de la griega es tan actual como el amor y tan prehistórica como la pasión del celo. No estamos ante héroes o semidioses. Seres humanos vivitos y coleando. Las emociones siempre son primarias. Si logras contenerlas, el alma domina al cuerpo pero pierdes la noción del vértigo. Aquí no hay hechiceras que valgan ni divinidades posibles. Sólo instinto.  Instinto y posesión. Es mío. Y como lo es porque lo he parido, lo elimino de la luz que vio al nacer y lo arrojo a la oscuridad de su muerte.

 

Temor, locura, desesperación, llanto, amargura. Horror. La venganza es el alimento del dolido, la cara triste de la cruz, el reconocimiento de una vergüenza. Los hijos como comercio de trueque. La bolsa de tu presencia torturada o la vida de una amargura perpetua. No hay elección. Se destruye lo propio para conseguir la victoria de la desdicha. Las heridas abiertas no cicatrizan si el agresor no pisa el infierno que ha creado.

 

Goethe nos dejó una frase admirable pero desprovista de las vísceras de la humanidad más perversa. El alemán decía que la venganza más cruel es el desprecio de toda venganza posible. Racionalismo puro que huele a felicidad artificiosa. No hay color. La Medea forma parte de nuestra esencia anímica. Suena a desgracia fatídica, es verdad, pero la musiquilla está muy arraigada en nuestros corazones. El tránsito del amor al odio es un periplo imposible. Romeo y Julieta fueron la Medea que Shakespeare nos regaló después del clásico. Los Montesco y los Capuleto fueron los creontes de ayer. Sin embargo, la pasión no disminuye. Los rencores tienen largas y profundas raíces que se nutren en la guerra y no se agostan en la paz.

 

Al final, el lúgubre lamento. El entierro de los cuerpos no arrastrará a su fosa el odio de las familias. Malos bichos los humanos que ensalzan las pasiones para blasonar la debilidad de sus sentimientos.

 

Mi veredicto no es el del jurado. Es particular. No obstante, coincido con el tribunal del pueblo. Medea es una mujer y un hombre. Un cobarde lleno de vilezas. No vale colgarlo del cuello hasta recoger su último suspiro. Sí es necesario que pague en la soledad de unos muros inhóspitos el crimen de los inocentes. Los santos inocentes.


Después del veredicto, la sentencia. Nazarenos de la cofradía de la sentencia.

 

Un saludo.

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