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Francisco Velasco. Abogado e historiador

TRABAJADORES DE SEGUNDA

 

                 Patronio contó al conde Lucanor lo sucedido a un hombre que comía altramuces. Tal era su pobreza. Del relato, Calderón de la Barca escribió estos versos: Cuentan de un sabio que un día tan pobre y mísero estaba, que sólo se sustentaba de unas hierbas que cogía. ¿Habrá otro, entre sí decía, más pobre y triste que yo?; y cuando el rostro volvió halló la respuesta, viendo que otro sabio iba cogiendo las hierbas que él arrojó.

 

                En Bilbao, los parados han protestado por la gestión de las obras del nuevo campo de fútbol. Se quejan por las condiciones de contratación de trabajadores. La mayoría de ellos vienen de Portugal y de Rumania. Son más baratos. Trabajan más horas. La economía vasca descansa en sus empresas pero no en sus ciudadanos. Si el Athletic es bandera de la región, la demagogia burguesa se ha apoderado de los sentimientos y se está cachondeando del nacionalismo.

 

                Los españoles que emigran en busca del sustento reciben fuera el mismo trato que rumanos y portugueses dentro. Imperativo categórico.

 

                Cuando la reforma laboral sigue suscitando animadversiones, lógicas, en el cuerpo laboral español, las grandes empresas tiran del granero foráneo para ahorrarse costos salariales y conflictos sociales. Es el sino. La eterna dialéctica que impulsa a la historia hacia su formulación cíclica.

 

                Podemos cansarnos y explicar mi veces lo mismo. Sin embargo, nada cambia. Al final, nuestra condición de negreros puede sobre la defensa del abolicionismo de la esclavitud. Basta con que nos llevemos el puño al pecho y confesemos nuestro pecado. Todo termina en la absolución.

 

                Lo peor es que los trabajadores de segunda no son la legión. Ésta se halla integrada por hombres y mujeres de la regional no preferente. Todos nos conmiseramos de nosotros mismos. No advertimos el círculo de miseria que nos rodea. Ni advertimos ni queremos advertirlo.

 

                El sabio, el conde y el consejero. Detrás, el silencio cómplice.

 

Un saludo.

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