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Francisco Velasco. Abogado e historiador

LA POBRE

 

 

Maruja Torres se creía que El País era su patria. Que el periódico, su familia. Que Cebrián, un filántropo. La pobre. Tantos años en la casa y ahora se entera de lo que vale el peine de los vientos del despido de los chillidos.

 

Sic transit gloria mundi. La empresa de referencia era, en realidad, una sombra de cara femenina. Maquillaje de lujo en grandes capas que se han ido desprendiendo de forma paulatina. La pobre. Creyó que el halcón era garza y que el flamenco carecía de zancos. Que el Yuste de Madrid, San  Pedro del Vaticano.

 

Maruja Torres ha dejado El País. Un alivio, dice. Hoy. Ayer, la pluma mercenaria se deshacía en elogios. Los desencuentros entre patronos y trabajadores son más antiguos que los paños de cocina. Cuando algún plumilla se cree amigo del dueño sin ser un gabilondito de vitrina de trofeos, terminará víctima de su alucinación de años. Maruja, la pobre, se confundió. Hay poetas de papel que viven el drama real de su mala prosa personal. Y heroínas de cartón que se doblan al contacto del agua o del orín.

 

Cebrián, el rico. Maruja, la pobre. Dios los crió y los juntó. El dinero, maldito parné, se llevó por delante su idilio de conveniencia.

 

Ay, maruja, pobre. Tanto hablar para terminar gritando.

 

Un saludo.

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