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Francisco Velasco. Abogado e historiador

OJO POR OJO, NO Y NO

 

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El primer límite a la venganza se produjo cuando se intentó por primera vez hallar el canon de proporcionalidad entre el daño provocado por el crimen y el castigo subsiguiente. La ley del talión, por antigua y horrenda que pueda parecer, perseguía evitar una respuesta desproporcionada por la venganza. En la Babilonia del segundo milenio antes de Cristo, el Código de Hammurabi esgrimía como ley el principio de reciprocidad. La Biblia se hace eco, en varios de sus libros, de este precepto. Incluso el Talmud ya determinó cómo la pena podía comportar un resarcimiento económico. La mismísima Ley romana de las XII Tablas no se sustrajo a esta voluntad de impartir ese tipo de justicia. Y qué decir de los ordenamiento jurídicos musulmanes de la actualidad en los que la ley del talión tiene plena vigencia.

 

Si traemos las prácticas históricas a la cultura actual y a la civilización humanística, incurriremos en el fatídico problema de la aculturación. No me vale la máxima de Choderlos de Laclos (“Las amistades peligrosas”) de que la venganza es un plato que se sirve frío. En un Estado de derecho como el de España, el ius puniendi tiene sus límites y la ley es el marco que no ha de traspasarse. Vamos, pues, con el tema etarra y la huelga de hambre emprendida por estos angelitos del infierno. En principio, estoy de acuerdo en que la acción tiene un mucho de presión y un poco de ayuno. Al final del recorrido, no albergo duda acerca de la canallería orquestada con un fin aparentemente humanitario. Sin embargo, en medio de este proceso me manifiesto públicamente a favor de la excarcelación del secuestrador de Ortega Lara.

 

Eso sí, con matices que tienen categoría de requisitos. El primero, que la enfermedad del paciente tenga el carácter terminal que se atribuye. El segundo, que la Ley penitenciaria contemple el supuesto en los tipos tasados para abandonar la reclusión. El tercero, que no responda a intereses políticos. El tema de la dignidad humana no es baladí. Por el contrario, resulta fundamental. En este sentido, desdeño los argumentos de quienes rechazan la dignidad de las personas que, a su vez, han actuado en las antípodas de este valor que ahora reclaman para sí. El sujeto que mantuvo al señor Ortega Lara en un zulo durante año y medio actuó de una forma tan indecente como asquerosa. Se comportó como un indigno. Que apele, ahora, a la dignidad personal, podrá irritarnos pero no, por ello, hacernos abdicar de nuestra soberana defensa de los derechos humanos. Que el tipejo de marras sea un criminal no nos convierte a los ciudadanos en especímenes de esa calaña.

 

La ley. La ley de un estado democrático. Ni más ni menos. Con sus interpretaciones pero sin atajos. Siempre me repugnó el GAL porque formaba parte de una infame utilización del Estado de derecho con fines mafiosos. A ETA no se la vence con el GAL. Se la combate con las normas establecidas. La ciudadanía no puede responder al indigno con muestras idénticas a lo que nos hace vomitar de él. De hacerlo, nadie distinguiría entre indignidades. La dignidad es el respeto y la estima que el pueblo tiene de sí mismo y merece ser reconocido por los demás.

 

A quién pretendemos emular actuando como indignos contra los indignos. Si el señor de ETA cumple los requisitos legales para abandonar la prisión, excarcélesele. Que no, manténgase donde está. Pues si no, la cobardía del poder merece la repulsa de quienes otorgamos al Gobierno su poder de castigo. No se trata de ojo por ojo ni de diente por diente. No.

 

Un saludo.

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