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Francisco Velasco. Abogado e historiador

TENTACIONES INVOLUCIONISTAS

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 Si hay algo en España que debamos custodiar con uñas y dientes, es nuestra Constitución. La Carta Magna es la garantía de que vivimos en un Estado democrático, social y de derecho. Imperfecta y ambigua en su texto, es verdad. Sin embargo, es el gran referente de las libertades y derechos individuales y colectivos de todos los españoles. Constituye el cenotafio a una dictadura de cuarenta años y un canto al nacimiento de una España que se construye desde el consenso en vez de sobre el conflicto y la ley del más fuerte. Casi nada.

 

Las necesidades económicas generadas por la crisis suelen ser la excusa perfecta para levantar las faldas de la democracia. Los rompedores del barro cocido son grandes interesados en vender vasijas de metal. En vez de sangre y cristal, hierro y herrumbre. Los involucionistas germinan en tierras de fertilidad reversible. A poco que disminuya el humus vivificador, los pájaros se comen el grano excedente. Así es y así ocurre.

 

Años ha que numerosos analistas de la actualidad política sitúan en el exterminio de las diputaciones provinciales la solución a los problemas de España. Habráse visto. Los opinantes esgrimen como argumento esencial de su mensaje destructor la existencia de otras instituciones que realizan funciones idénticas. Es posible que sean parecidas, pero en absoluto son iguales. En el fondo subyace la idea de corrupción que, no sin razón, se han granjeado estos entes supramunicipales. No obstante, las personas que delinquen son las físicas, que no las jurídicas. A partir de esta premisa, podremos entendernos. Al frente de las diputaciones se ha colocado a una legión de granujas que han convertido el organismo en una agencia de colocación de amigos, parientes, conmilitones y políticos en desgracia electoral. En cuyo caso, se vuelve a confundir el culo con las témporas, el efecto con la causa y la gimnasia con la magnesia. Estas equivocaciones vienen acompañadas de billetes de vuelta. De vuelta atrás.

 

Eliminadas las diputaciones, suenan estrepitosamente las trompetas que persiguen derribar el jericó de las Autonomías. Si a una nación que puede presumir de diversa, variada y rica, se la priva de su derecho a lucir sus mejores galas económicas, sociales o culturales, se la reduce a la uniformidad de los soviéticos o a la dictadura de iraníes o norcoreanos. Y no es. Ni puede ser. Los derroches de los gobiernos regionales son atribuibles, en exclusiva, a las personas que han robado el alma de su Comunidad para venderla al diablo de sus intereses personales y/o partidistas. Quienes han obrado esa atrocidad son los que debieran rendir cuentas ante la justicia del pueblo. Ellos y sus cooperadores necesarios. Pero una vez ante el tribunal constituido para juzgar los crímenes contra su pueblo, la ciudadanía tiene el deber de alzar la voz y exigir responsabilidades añadidas.

 

Las diputaciones, las autonomías y las democracias son rangos de un hito histórico en España: la democracia. Siglos atrás, supimos de algunos intentos frustrados. Hoy conocemos un ejemplo de embrión que algunos persiguen abortar. Fuera de plazo y fuera de casos. Son los involucionistas de siempre que añoran épocas sin libertades. Si sus tentaciones no les dejan vivir, los españoles no hemos de sufrirlas. Ni las tentaciones ni los pecados. Muchas veces el ruido de sables viene precedido de música de vainas con notorios poderes económicos. Ojo con esto. Mucho ojo.

 

Un saludo.

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