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Francisco Velasco. Abogado e historiador

EL CHULO

 

 Me lo contaron. Creo los relatos. Dos fuentes distintas para un mismo sujeto y un hecho idéntico. Como no puedo contrastar las circunstancias, no referiré el nombre del pecador. Me limitaré a contar el pecado.

 

Érase una ciudad española. Andaluza por más señas. En ella, el parlante y mangoneante por excelencia era el conocido cacique de un partido político de trabajadores. Hombre joven, aprendió casi de niño la carrera. Buenos maestros tuvo. Sólida formación adquirió. Pocos valores pero grandes despreciables cualidades. Malencarado y brutal. Vocinglero y provocador. Tinte fascista en su tez de sonrisa forzada.

 

Niño bonito criado a la sombra de feo hombre. Patriarca éste de una larga saga de cabecillas políticos sonoros y sonados. Nombra gobernantes y destituye autoridades sin necesidad de motoristas. Una ceja enarcada. Una tos acuciante. Una mirada torva. Una mano que señala. Aleluya. A la calle el interfecto. Elevado el tocado por la mano del diosecillo local. Desde la mansión de la Mojonera. Allí gestaba desmanes y atizaba ciscos y carbones. Allí le rendían pleitesía constructores roñosos, empresarios mediáticos de pesebre alto, profesionales de toda laya que ambicionaban un cargo público. Toda la clase meretriz de la baja política pasaba por el arco de su puerta.

 

Qué te contaron, articulista. Al grano. Verán. En esa ciudad de la Andalucía más pobre y abandonada, había una Caja. Al frente de ella, un director. Por encima, un Consejo de Administración. La cúspide, ocupada por el político designado a dedo por el partido que reparte el bacalao electoral. Nuestro hombre. Ni economista ni abogado ni empresario ni leche. De oficio, su beneficio. Convocatoria. Sesión extraordinaria. Asiste el gran jerifalte. Conduce su lujosa berlina de pijo. El defensor del obrero viste de Armani y se desplaza en Audi cabrio.

 

Jactancioso, llega tarde. Traspasa la puerta del garaje de la entidad bancaria. Desciende del haiga. Las llaves en la mano, cierra displicente la puerta. Echa una mirada a la reluciente carrocería. Un gesto de indisimulada satisfacción asoma en su ridícula boca. Echa un vistazo a su peluco de oro. Pulsa el botón del ascensor interior. Entra, triunfante, en el amplio salón de reuniones. Todos le esperan. Preside. El Director de la Caja se le aproxima solícito. Reverente sonrisa. Extiende la mano y le deja caer la llave. Abajo. El coche. Apárcalo.

 

Se sienta. Qué tal, dice. Perdonadme el retraso. El trabajo, ya sabéis. De nuevo el director. La llave, compañero. El coche, en el sitio de preferencia. Preparado para salir. Puño cerrado. Rosa dentro. Comienza otro sainete.

 

Chulo el político. Preterido el profesional. Historia de siempre. Historia interminable.

 

Un saludo.

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