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Francisco Velasco. Abogado e historiador

PUNTO SIN RETORNO

 

Lo de Artur Mas es de manual. Si alguien pensaba que el nuevo president de la Generalitat iba a ser pelín moderado, tenía la misma probabilidad de acertar que el cerebro del pulpo Paul en los mundiales de fútbol. El octópodo sentaba sus lares allá donde el adiestrador indicaba en virtud de las apetencias gastronómicas del cefalópodo. Tener la cabeza en los pies, y viceversa, explica tantas cosas.

 

Artur Mas es un hombre de su tierra chica. De su época, no. Su ideología es liberal, así que, salvo el fascismo inherente a todo nacionalismo, no cabe aplicarle la etiqueta de totalitarista. Mas es un burgués. Burguesía catalana de trompeta que, agotada la bolsa financiera familiar, busca las américas en su propia comunidad de vecinos. En definitiva, a poco que piensen, los nacionalismos no son sino la elevación a rango de estado de lo que es una escalera regida por la ley de división horizontal. Buscan la extinción del condominio sin poseer siquiera el título de propiedad. Viven en precario y exigen la traslación de la finca. Son sujetos de desahucio y quieren hacer valer la propiedad por usucapión.

 

El nuevo portero de la finca catalanista se siente con más derechos que su predecesor Montilla, andaluz de nacimiento, el pobre, se dice el fijodalgo sin nobleza y sin generosidad de ánimo. Artur pertenece a la casta de advenedizos de Jordi Pujol. Nunca será Cambó. Ni Raimundo Lulio. Ni Marsé. Ni la muchacha de las bragas de oro. Calzonazo de estaño fundido en carne de separatismo nacional. Eso es Mas. Va de guapo actor y actúa de actor guapo. Se viste en la sastrería de toda la vida y sus trajes se cortan a la medida que el poder brinda.

 

Su ansia de segregar el predio le lleva a seguir la carrera alocada de los Montilla de toda la vida y de la pasta gansa. Se pasa al presidente del inmueble por los faldones de sus bien cortados pantalones. A la Junta de vecinos, la mira de arriba abajo anunciando la superioridad de la raza. A los estatutos comunitarios, orina. No hay norma legal allende el Estatut que se han ido cocinando a medida que el señor Zapatero defendía la catalanidad por encima de la española causa. Cuando el conserje tiene pillado al director por los cataplines, todo puede ocurrirle a la jerarquía. Mas dice ahora que la orden de Zapatero de prohibir nuevo endeudamiento de las comunidades, presupone un ataque a la libertad del pueblo. Del catalán, naturalmente. Que si persiste en su actitud, estará atacando a Cataluña. Y, además, por si no se entera, que si se pone chulo, le va a aprobar los presupuestos Vidal Quadras.

 

El laberinto de fortuna que escribiera Juan de Mena hace cinco siglos, glosaba la necesidad de que el rey presidiera con acierto sus funciones. En nuestros días, el rey agota su cargo en la cuerda que le ata al gobierno de Zapatero y el éxito de su misión se mide en el tiempo que el psoecialismo necesite a la testa coronada para hacer valer sus intereses concretos. Los del Partido, claro. El destino del rey determina tanto a los Rubalcaba como un perro viejo al final de una partida de caza. Tiro a la cabeza y sandiós.

 

El laberinto de fortuna de Mas y adláteres se construye en la finca del inútil presidente Zapatero. Inútil respecto a la nación. Muy necesario para el fin espurio de la división condominal. Las amenazas del punto sin retorno gustan al zangolotino de León. Incluso le incentivan en su enojosa tarea de dinamitar la estructura nacional. Prefiere dar y dar porque dando y dando consigue antes antes su mala intención destructora tora.

 

Laberinto sin fortuna el de los españoles que creen que Zapatero va a convocar elecciones antes de. Laberinto propio. Fortuna ajena. Que no, lectores, que no. La catarsis preelectoral arrastrará cadenas de sangre y movimientos de imparable odio. El punto de no retorno viene marcado en rojo en el calendario de concesiones a los independentistas. El retorno a la normalidad va a exigir, en palabras de Churchill, sangre, sudor y lágrimas. Sangre del pueblo. Sudor del pueblo. Lágrimas del pueblo.

 

Un saludo.

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