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Francisco Velasco. Abogado e historiador

CRIMEA DE LESA HUMANIDAD

 

El pasado lunes acepté la invitación de José Francisco Fernández Jurado, el amigo “Iski”, y acudí gustosamente a su programa semanal en Canal Luz Huelva. Uno de los temas de la conversación que sostuvimos ante las cámaras fue el conflicto Rusia-Ucrania.  Debatimos sobre el problema y sobre sus posibles consecuencias. Ambos rechazamos cualquier desembocadura  en un mar de guerras.

 

Sin embargo, dentro de Ucrania, Crimea es una baza fundamental. Lo decíamos y lo argumentamos. Con una población mayoritariamente rusa, la península proclama sus afinidades y sus sentimientos hacia la patria de Putin que, ayer, fue la de Gorbachov, pero antes la de Stalin  y si nos remontamos, la de los Romanov. Y así. En este sentido, la chispa de Yanukovich va a incendiar la hierba seca del movimiento federalista impulsado desde el Kremlin.

 

El afán expansivo de los rusos no es flor de un día. Desde Catalina la Grande, hay que echarse a temblar. Eisenstein dirigió su obra maestra, “El acorazado Potemkin”, como un formidable acto de propaganda que magnificaba la figura de las muchedumbres, de las masas y convertía en epopeya las causas de la colectividad. El poder ruso sabe cómo tocar la conciencia política y la fraternidad revolucionaria. 1905 y 1917 son hitos históricos que refrendan este axioma.

 

A esta superestructura, los jerarcas de Moscú acompañan, a la chita gritando, su política geoestratégica. La demolición del telón de acero de 1989 sigue arañando el alma de los rusos. La pérdida de protagonismo no place a Putin. Las amenazas económicas que se ciernen sobre el país se incrementan a medida que el capitalismo desequilibra la balanza entre el este y el oeste. Las materias primas y las fuentes de energía determinan el peso de los platillos del poder.

 

A poco que Rusia reclame de verdad su papel de prima donna, si no la guerra caliente, sí la guerra fría. No nos olvidemos de Yalta. Nos jugamos muchos en este envite. Los lances no terminan en juegos y estas bromas ya son veras. De buenas a primeras, las razones han de imponerse a las vísceras. Si recurrimos a las locuciones verbales, observaremos que el término ahorrar envites significa acortar razones. Y razones, de mucho peso, no se deben escatimar. Al menos, si queremos que esta paz globalizada nunca se convierta en un conflicto universal. Porque de un estallido bélico no nos libra la lejanía al epicentro del escenario.

 

No lo olvidemos. No cabe una Crimea de lesa humanidad.

 

Un saludo.

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