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Francisco Velasco. Abogado e historiador

NEOFEDERALISMO

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La cabeza bajo el ala. El ala del sombrero de los embozados. Cuando escucho las salidas de pata de banco de alguno, recuerdo los tirones de oreja que el propio Alfonso Guerra propinó a Pepote García de la Borbolla cuando, allá por la década de los noventa del pasado siglo, se le ocurrió la idea de nombrar el federalismo como futuro de organización del Estado de España. A Pepote se le salieron los congojos por los ojos. No hacía sino expresar un sentir más que latente en un amplio segmento de la dirigencia socialista. Esto quedó así. En apariencia, claro.

 

Las bravuconadas secesionistas de los catalanistas más radicales y menos liberales hacen mucho ruido. Son como niños molestos a los que sus padres o sus maestros tienen consentidos para que molesten lo mínimo a costa de concederles mil caprichitos. La culpa, claro, no es de los chiquillos. Hay que mirar a los tutores y advertirles que, por la vía que transitan, el batacazo es impepinable. Con los federalistas ocurre un tanto de lo mismo. Con tal de hundir la cabeza en la olla de los historicismos trasnochados, defienden esta fórmula de organización estatal con la rabieta del chavalín mimoso al que nadie ha enseñado maneras ni inculcado normas de convivencia.

 

Tres puñetas importa a Mas y compañía la propuesta del Psoe. Si quieren el tambor, no aceptarán un sonajero. Si desprecian la lealtad institucional, qué leches van a respetar un Estado federal. Si se ciscan en una Constitución rabiosamente democrática, nadie espere un sometimiento a las leyes que emanan del pueblo. Ellos quieren el tambor.

 

Y digo yo que no sé si sería más fácil enseñar al que no sabe o adiestrar, en el buen sentido, al que se deja arrastrar por sus instintos. No hay ser humano que deje de responder a estímulos positivos. Todos aprendemos si se ponen en juego los resortes adecuados. Bastan la firmeza y la sabiduría. Y viceversa. Si a estas cualidades agregamos la de la voluntad de humanizar la política y la de limpiar de corruptos nuestras instituciones, el éxito es seguro.

 

Claro que para alcanzar ese punto de inflexión, hay que tener idea de diálogo y noción de crisis. Demasiado. Demasié. Neofederalismo, bueno. Por vías democráticas de libertades y derechos.

 

Un saludo.

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