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Francisco Velasco. Abogado e historiador

DE UNA VEZ POR TODAS

 

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Se pasa vergüenza ajena. Por muy curtido que uno esté, las sensaciones aparecen y te hormiguean ciertas partes blandas. El caso Bárcenas, al igual que el escándalo Gürtel, reclaman la reacción de la justicia. En el bando del Psoe, desde Pepiño Blanco a la marranada de los expedientes de regulación de empleo, la espada de la justicia debe posibilitar el equilibrio de la balanza. La corrupción ha alcanzado tales cotas de suciedad que la huelga de brazos caídos de los gobiernos vulnera el derecho a la saludo democrática y moral. No se puede seguir así. Y si se continúa con esta cochambrosa práctica, no imputen a los chorizos de turno la causa eficiente. No lo hagan porque errarán su diagnóstico. Acudan al origen. A los partidos políticos. En ellos se deposita el núcleo infesto de la maldad. Se postulan como vehículos de la representación del pueblo y, en su seno, crecen pústulas de apestosas llagas dictatoriales.

 

Se pasa vergüenza ajena. Por muchas voces que oigan acerca de la urgencia de un pacto de Estado para erradicar esta lacra de golferías, desconfíen de la sinceridad de los gritones. Más falsos que una moneda de palo. Gustan de mostrar lo políticamente correcto y se cuidan muy mucho de quitar de la vista pública sus narices crecientes enrojecidas por el embuste. Son los campaneros de lo dicho y de lo no hecho. Políticos, periodistas, funcionarios, banqueros, sindicalistas, empresarios, gobernantes, da lo mismo. Muchos de ellos se mecen en el mismo columpio del poder.

 

Mientras tanto, la democracia mendiga su existencia. Los extremistas de uno y otro signo se frotan las manos ante el presumible trompazo. Los ciudadanos tenemos que dar la cara. Nada es posible si se mantiene la confianza en un sistema canallesco que no se conmueve cuando la gentuza que anida en los partidos no es expulsada de los mismos a la menor sospecha de mangoneo. De nada me valen Cospedal o Rubalcaban cuando, sin estar involucrados en la autoría material, rechazan tirar de la manta por temor a lo que se encuentre bajo la misma.

 

Los corruptos son porque saben estar en el sitio adecuado en el momento justo y con los compañeros de pandilla idóneos. La Fiscalía. Los jueces. De oficio. No recuerdo el nombre de un fiscal ni de un juez que se juegue el tipo denunciando, como ciudadano particular, una aberración de éstas. Ellos, a verlas venir. Nosotros, a verlos volar. Cargaditos de billetes.

 

De una vez por todas. O nos movemos o nos engullen las arenas movedizas.

 

Un saludo.

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