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Francisco Velasco. Abogado e historiador

MAFIAS Y BOFIAS

 

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El cuerpo policial, vulgo bofia, se está llenando de gloria. Y no me refiero a los agentes. Cargo directamente contra los mandos. Así. El impacto dialéctico se dirige a la responsabilidad de quienes están al frente de las fuerzas de seguridad. Nadie piense que Huelva es el culo del mundo por un quítame allá un móvil o por un tironcito al bolso de una anciana o por los escurridizos y acuosos caminos de penetración de la droga. Que eso, también.

 

Lo del culo del mundo es porque nuestros gobernantes no aprenden. En otros sitios de España, de las comisarías han desaparecido grandes alijos de cocaína y a ver quién es el guapo que se hace acreedor a una medalla a la diligencia. Las mafias de Chicago del siglo XX parecen haber renacido en nuestro país. Lo último es el robo de mil kilos de hachís que se custodiaban en el edificio del Servicio de Aduanas de Huelva. Como en las películas. El asalto es de cine al más despreciable estilo padrino. Ni un vigilante para proteger los fardos. Caray. Ni Rambo ni Harry el sucio se prestarían a tanto.

 

Cara de tontos. El responsable de la seguridad del organismo atracado está nominado para un colgajo a la previsión y la cruz al mérito incívico por su fabuloso sentido de la protección. En pleno siglo XXI, donde los inhibidores de alarma son juguetes baratos en la casa del espía de la señorita Pepis, el jefe del servicio de Aduanas coloca a un segurata para defender tan preciada mercancía. Después de mucho tiempo de acoso y de investigación, cuando los agentes contra el narcotráfico consiguen arrebatar el hachís a los canallas que comercian con la salud del pueblo, viene el incapaz de turno, seguramente nombrado a dedo, y hala, a que se evapore el trabajo de muchos y a que se ponga en el mercado el veneno que se fuma.

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Entre tanto, la Agencia Estatal de la Administración Tributaria a inflarnos a impuestos y la Subdelegación a poner multas a cuatro o cinco que se meten un canuto en la oscuridad de la noche en un descampado de la ciudad. Pero bueno. A quién hay que denunciar antes. Qué clase de personas rigen los destinos de la salud y de la seguridad ciudadanas. Cómo es posible que una banda de criminales pueda apoderarse de un cargamento de esta especie en pleno centro de la ciudad. Es de locos. Vivimos un momento crucial en nuestra historia. Las mafias se permiten el lujazo de darnos un pescozón en pleno occipital de la cabeza policial. Los Capone de los años veinte reeditan sus hazañas en la Huelva del dos mil trece. De este modo, saludan el nuevo año. Las uvitas de la suerte y la cohetería no son excusa para que la autoridad competente se deje tomar el pelo.

 

Más de uno debe ser destituido por la vía del “ar”. Como en la mili. Los irresponsables, a la calle, ¡ar!. Entre ellos, quienes debieron/pudieron ordenar destruir el cargamento y no lo hicieron.

 

Un saludo.

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