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Francisco Velasco. Abogado e historiador

LA REALEZA

 

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 Alguien me comentó ayer si la realeza es un bien en estos tiempos de frágil consistencia. Mi respuesta inmediata fue sí. Afirmativo. Sí y sí y mil veces sí. Una de las grandes victorias de la Transición fue, precisamente, tender un puente entre el pasado cercano y el futuro próximo a través de la institución monárquica.

 

Los augures de malos vientos ven en los reyes la causa de los males sociales. Allá ellos. Los padres de la Constitución del 78 fueron inquilinos de la dictadura y propietarios de la democracia. Supieron como pocos la calidad del texto que ellos pensaron, redactaron y dieron  a votar. A lo largo de la historia de España, los políticos con capacidad de construir se cuentan con los dedos de una mano. Adolfo Suárez y el rey Juan Carlos, en este orden, nos ofrecieron a los españoles una Carta verdaderamente grande. Merced a ella, España se definió como monarquía parlamentaria. Menudo el significado.

 

Treinta y cinco años después, nuestro país se enorgullece de un  período de paz sin  represiones y de prosperidad con libertades como nunca tuvimos. Ni nosotros ni,  acaso, los estados europeos de occidente. Pasamos, por arte del sentido común, de una dictadura a un sistema de derechos. El rey Borbón se las compuso para servir de referencia a este paso mágico de la política.

 

Errores de bulto, estupideces sonadas, cantadas despreciables y un largo etcétera pueden anotarse en el debe del monarca. Mas los aciertos del rastreator han sido infinitamente mayores. Su figura moderadora e imparcial le ha hecho acreedor de elogios propios y ajenos. Más que una carga, es un cargo a favor del ciudadano. Los gastos de su Casa son nimios si se tiene en cuenta los servicios que presta. Ejerce un papel tan extremadamente difícil, que su rol está al alcance de unos elegidos muy selectos.

 

Me ratifico. La realeza tiene hoy, como ayer y seguro que como mañana, una misión insustituible. Me dirán: y qué pasa con la república. La república está. La cosa del pueblo es la democracia. La diferencia radica en que al frente del sistema, el pueblo colocó a un rey que está aprendiendo a base de bien. Como todos nosotros. Pudo elegir periódicamente a un presidente. De un partido. Con lo cual, la imparcialidad se somete al mandato de la subjetividad y de la arbitrariedad. Por favor.

 

Imaginen ustedes a Felipe González o a José María Aznar como presidentes, por sus respectivas formaciones, de la República de España. No quiero ni pensarlo. Lo que nos iba a costar la debilidad.

 

Es que no aprendemos. Nos inoculan veneno y no captamos que, a continuación, nos sobreviene la enfermedad o la muerte.

 

Un saludo.

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