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Francisco Velasco. Abogado e historiador

LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA

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 Lo dice Rubalcaba. Las mentiras que cuentan sobre él son tantas que podrían llenar la biblioteca de Alejandría. Oiga, y si son mentiras, cómo es posible que no entre al trapo y denuncie a los injuriantes. Interligare es una más en la larga ristra de ajos que pone en huida al vampiro psoecialista. El problema psicopatológico no lo tienen los medios. En absoluto. La bazofia no la genera la prensa. Surge, crece, se desarrolla en Ferraz y muere en la prensa del movimiento psoecialista.

 

Con lo fácil que es desenredar un ovillo de estas características. Se soluciona con el verbo explicar y alcanza cariz de verosimilitud con el sustantivo argumento. Por ejemplo, cómo explicará que el señor Garzón, juez estrellado como una banda dibujada, estuvo presente en reuniones de esta empresa parapolicial que contrataba, acaso irregularmente, con el Ministerio del Interior cuando don Alfredo hacía como si lo dirigiera. El argumento al respecto pasa por mostrar facturas de posibles pagos al extitular del Juzgado nº 5 de la Audiencia Nacional.

 

Puestos a explicar, que nos revele la causa por la que abonó doscientos millones de pesetas en siete meses a la sociedad de inteligencia. El argumento se ha de sostener en la relación de Rubalcaba con los entonces ministros de Industria y Ciencia e Innovación. Se pagó o no se pagó. Bien sencillo el problema. En el hecho comienza y en la afirmación o negación termina.

 

Las empresas jacarandosas suelen ser víctimas de su cachondeo constitutivo. El bibliotecario Rubalcaba sabe poco de libros pero es perito en códigos. En el caso Gal, nos regaló su facilidad para declarar sin sonrojo un rosario de mentiras a través de misterios gloriosos y gozosos. Los dolorosos son más crípticos. Se centran en reunir a jueces, comisarios, altos cargos designados a dedo, sindicalistas de transmisión, ejecutivos bancarios sin pajolera idea de contabilidades y periodistas de relumbrón que repiten la mentira hasta darle visos de embuste irreversible.

 

Las medallas olímpicas son pura filfa si se comparan con las preseas concedidas a ciertos policías vinculados a la Biblioteca de Alejandría. El presidente no es el belga Rogge. Se llama Alfredo, es español y ejerce de papa negro de la política desde hace treinta años. Si al menos relatara cuentos, entretendría al personal. Su especialidad son las novelas negras que él inspira y otros morenos llevan al papel.

 

Interligare es a una biblioteca lo que Alejandría a un camello. Rubalcaba, el gran edredón. Será enredador. Edredón, digo. Encubridor y manta.

 

Un saludo.

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