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Francisco Velasco. Abogado e historiador

EL FINAL DE LA PESADILLA

 

 Dicen que la distancia es el olvido. Dicen. Tiene algo de verdad. Del mismo modo que el roce hace el cariño. Como si no existieran más afectos que los próximos. Las grandes frases se corrompen en su concreción doméstica. Fíjense: si terminas abandonando algo, ese algo terminará abandonándote a ti. O esta otra: se es joven mientras los recuerdos no arrinconen a los proyectos. Pues queda muy bien, pero todo es discutible.

 

Lo que para este cronista no es discutible es la herida presente. Derrame regueros de sangre o asome la cicatriz, la herida existe. Se discutirá sobre las causas de la misma, acerca del tratamiento a seguir o de los tiempos de descanso. Lo que no admite contestación es la certeza de su existencia.

 

Doña Petronila Guerrero deja su cargo en la Diputación. Su gestión en la presidencia de esa institución provincial ha sido limpia, sencilla, clara. Limpia, sencilla y claramente nefasta. Se puede hacer peor aunque no es fácil imaginar la comisión de tantas tropelías. La veterana militante del Psoe constituye todo un ejemplo de cómo no se debe actuar en la vida pública. Sin embargo, y esa es una de las miserias de su formación sectaria, los tiranuelos de su partido le dan con una puerta en las narices al tiempo que la ¿encumbran? al balcón de la jubilación senatorial. O sea, que en vez de castigar su funesta actividad, la premian por ello.

 

El modelo de actuación se repite una vez y otra. Roma paga a traidores y coloca a leales. Allá donde un vano se abra en el macizo, el espacio es ocupado de inmediato. El problema que se les presenta es la ausencia de huecos en los que las palomas sin alpiste se refugien de las carencias que se vaticinan. La señora Guerrero encontró su columbario y allí aspirará a enquistarse durante los cuatro próximos años. En el Senado se intuye su desvaída figura legisladora. Al menos, en su calentamiento global del climatizado escaño no justificará balsas de fosfoyesos ni despreciará las reivindicaciones de los bomberos ni engañará a los despedidos de Astilleros ni se agasajará con caprichos de palacetes burgueses.

 

Servidor reitera que jamás habló con doña Petri, que la conoce de vista desde hace muchos años, que ninguna intención personal cabe en sus comentarios y que todas las críticas se dirigen hacia la persona pública que tejemaneja los destinos de hombres, mujeres, dineros y recursos varios que la democracia ha puesto en sus manos. No hay más. Ni menos.

 

Doña Petronila abandona la Diputación de Huelva. Nunca debió acceder a ella. Sufrió la derrota electoral más humillante que uno recuerda. Su “odiado” Pedro Rodríguez le demostró que se puede ser pobre y feliz. Sin embargo, la intrigante dama del Hotel París, contenido a duras penas el gesto y fruncido el ceño, como si lloviera en hemisferio distinto. La Cámara alta de las Cortes saludará su llegada. A partir de ahí, confío en que su tarea sea fructífera. Si no sabe, al menos que calle. Si busca consensos, que se aparte de las claques, de los aplaudidores profesionales que jalean a los suyos y abroncan a los adversarios.

 

En Huelva nos libramos de ella. Estoy convencido de que su sucesor a título de cacique no lo hará mejor. Igual de seguro que difícilmente logrará aventajarla en sus tristes decisiones. No obstante, me pueden sorprender. Entre las cuadernas de este barco varado podemos descubrir maderas nobles. Ojalá así fuere. Vaya usted, señora. No le digo vaya usted con Dios no sea que tomemos su nombre más allá de la fórmula común de cortesía.

 

La sorpresa vendría de la banda estrecha de IU. Mira que si Sánchez Rufo entregara su voto a Guillermo García de Longoria. Entonces sí que se podría hablar de final de la pesadilla. Entonces, sí. En vez de pesadilla, un despertar feliz.

 

Un saludo.

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