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Francisco Velasco. Abogado e historiador

LOS JUECES DEL CUARTO TURNO

 

Servidor conoce a varios jueces que han accedido a la jurisdicción por la vía del cuarto turno. De ellos, puedo decir que algunos son excelentes -e imparciales- profesionales. Sólo algunos. Menos, en cualquier caso y por la lógica de las proporciones, que en la vía del ingreso en la carrera judicial a través de la Oposición.


No obstante lo cual, emerge la duda. La duda. Una incertidumbre nace a priori y otra surge a continuación. La Oposición agrega un plus de objetividad, mérito, capacidad y, sobre todo, de igualdad, a quienes pasan por el aro de las consabidas exigencias de los tribunales. Las horcas caudinas son poca cosa en comparación con las dificultades que han de superar los examinandos. Alguien podrá argüir que no pocos de estos aspirantes pueden beneficiarse de algún tipo de apoyo o de cierta influencia. No se descarta. Es posible. Sin embargo, el sistema se muestra tan hermético que estas posibilidades resultan mínimas. La historia es contundente y tozuda. Los ciudadanos que acceden a la judicatura se ganan la justa fama de trabajadores de altísima cualificación. Lo cual concede prestigio al juzgador, al poder judicial y a la sociedad donde actúa. Se eleva la ley a la categoría de democracia aristocrática, tal es el listón que sólo logran vencer los mejores.


Sin embargo, la historia se muestra igual de contumaz y reveladora cuando el sistema de oposiciones es sustituido por otras vías legales en las que interviene el concurso de méritos. El cuarto turno es el pagano de toda una sucesión de irregularidades, parcialidades, discrecionalidades y arbitrariedades, en este orden de expresión, que han jalonado la intervención de la Administración no judicial en los asuntos de la jurisdicción. Los tribunales de lo contencioso están saturados de demandas contra la Administración Pública en las que se analiza una inmensa casuística de deslealtades constitucionales y legales. El enchufismo está tomando tal carta de naturaleza en la sociedad española de la democracia, que la confianza del ciudadano se disipa al compás y al ritmo en que se denuncian corruptelas para el acceso a la Función Pública.


El que el Juez Castro, que entiende en el caso de Jaume Matas, pertenezca al grupo de los adscritos al cuarto turno, provoca, ab initio, erisipela por lo que de tendenciosa pudiera parecer su acceso a la judicatura. No es juez por Oposición. Cabe la posibilidad de un padrinazgo que condicione algunas de sus resoluciones. Cabe. El Auto que ha dictado para establecer la fianza al ex presidente balear, más parece una sentencia condenatoria que una acusación que no rompe la presunción de inocencia. Concede, así, margen de descreímiento a los que, por añadidura, desconfiamos de sus pretéritas y públicas -hoy pudieran estar latentes pero no han desaparecido por ensalmo- filias y fobias políticas. Es así. No se prejuzga su actuación mas sí interviene la malicia del observador. En cierta capital de provincia, un abogado socialista de un Organismo público regido por el PSOE desde hace treinta años, abandonó su carrera funcionarial administrativa para acceder a la carrera judicial. Hoy es decano de los jueces. Era tan socialista como Felipe González. O más. A este relator le invade la duda cuando toca defender litigios en el juzgado del que el referido señor es titular. No se despoja uno, así como así, de una trayectoria cívica, social o política entregada a una ideología o a un grupo político o a un conglomerado empresarial.


Dudas. Muchas dudas. Sobre su formación, sobre su ideología y, por ende, sobre su imparcialidad. Son arteras y falsas las acusaciones, interesadas, sobre el predominio de lo memorístico en una oposición. Máxime cuando esa acusación caracteriza a la memoria como cualidad de loros. Se confunde el medio con el sistema, el procedimiento con la meta. De ser el problema la memoria, basta arbitrar, dentro de la Oposición, otros procesos intelectuales más ricos, varios, calibradores e integrales. Lo que no es de recibo es que la Oposición queda desvirtuada por la supremacía dictatorial de la memoria. Burda estrategia que fenece en la podredumbre de quienes hacen de su vida una sinécdoque continuada. Confundir el todo con la parte para rechazar lo que, por esfuerzo, abnegación o inteligencia, algunos nunca podrán lograr a partir de los deméritos propios y pese al empuje ajeno.


No me imagino delante de un estrado defendiendo ante la Juez De la Vega un caso de supuesta corrupción de un dirigente del Partido Popular. Sería tan embarazoso para este abogado, que no tendría más opción que pedir a la magistrada que se abstuviera y, de oponerse, proceder a su recusación.


La mujer del César debe ser honrada y, además, parecerlo. Es el requisito de la justicia. De la JUSTICIA.


Un saludo.

 

 

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