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Francisco Velasco. Abogado e historiador

LUTERO

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Hay personajes que se escapan de los libros. No se sujetan a la cadena negra de la letra impresa y viven entre las neuronas de nuevos motores de investigación y de análisis. Entre estos seres únicos, se halla Lutero. El monje agustino alemán rompió claves externas del catolicismo más allá de la jerarquía eclesiástica. La reforma que preconizó es todo un ejemplo de autoridad moral pero, al tiempo, una muestra de adelanto a su época.

 

La publicación de sus tesis a inicios del Dieciséis llevó a su excomunión. El Papa León X dictó su alejamiento de la comunión de los fieles y del uso de los sacramentos. Sin embargo, ni la casta sacerdotal ni la cúspide política ni las bases sociales acabaron con el afán reformador del clérigo. Sus enseñanzas prendieron en el pueblo porque el lenguaje de su Biblia traducida era, además de vivo, popular y entendible por todos.

 

Sin embargo, no escapó a las tropelías de la Iglesia que él denunciara con tanto denuedo. La guerra de los campesinos le situó en una disyuntiva que solucionó de la manera más política. Se opuso a las sencillas reinvidicaciones de los hombres del campo. Ni secundó sus peticiones de reconocer sus derechos a recoger leña del bosque ni apoyó la abolición de la servidumbre ni apostó por la bajada de impuestos que asfixiaban a los más humildes ni exigió el cese de los castigos arbitrarios. El alemán que protestó contra las corrupciones de la Iglesia católica se sometió a la fuerza del estamento dominante. Como muchos alemanes, prefirió la injusticia al caos o al desorden. No dudó en calificar de hordas asesinas y ladronas la reiteradas rebelión es de los campesinos.

 

El espíritu alemán agosta en la filosofía su sentimiento revolucionario. El cómo debe ser  es difícilmente conciliable con el cómo es. La vida personal, familiar y social de los grandes pensadores germanos no reencuentra su vínculo con las prédicas de su doctrina. El espíritu del pueblo, el Volksgeist, irrumpe a partir de las ideas pre-románticas. No obstante, Lutero anticipó la idea de que un pueblo determinado encarna en un momento concreto de su historia la conciencia de conformar un espíritu distinto, un nacionalismo diferente.

 

Lutero estaba convencido de que un pueblo es, como después apostilló Kant, una lengua y una cultura y, por ello, un espíritu. Por encima de la interpretación biológica de pueblo como raza, sangre o alma. La lengua es una cosmovisión. La unificación alemana no podría entenderse sin la idea de lengua como herramienta que enlaza el espíritu del pueblo.

 

La Biblia luterana abrió la espita de los nacionalismos decimonónicos. La bomba es menos dañina en materias religiosas por más que se tienda a creer que la religión adormece a los pueblos. Si la religión influye es porque el poder político tiene en ella el arma letal capaz de derribar los muros de la dominación. Y si hay dominados es porque hay dominantes. La única salida de aquéllos es el fin de éstos. A falta del pan religioso, la torta de la lengua. A continuación sobreviene el puñetazo cruel del nacionalismo más racista.

 

Listo Lutero. Muy listo. El poder material de los dominados encontró su punto de arranque en la destrucción de las esferas de influencia de los dominantes. La exclusión social se mantuvo después. De ahí la fortaleza del protestantismo. Que supo adelantarse a su tiempo a partir de las enseñanzas del pasado.

 

Un saludo.

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