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Francisco Velasco. Abogado e historiador

CULTO AL LÍDER

 

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O a rey muerto, césar resucitado. La hondura tegucigálpica del Psoe no cesa. Sus dirigentes siguen taladrando la roca madre con sus cabezas sin seso. Han perdido el poder y, lejos de buscar las soluciones a los problemas generados por su clase política, se empecinan en crear nuevos conflictos. Destrozado Zapatero y cortado el falso cordón umbilical que unía su sectario movimiento mitad religioso mitad papanata, los duermevelas del partido siguen especulando acerca de la prioridad del galgo sobre el podenco o viceversa.



Los ideólogos de la facción rubalcabiana han arrojado cal viva sobre la figura del vallisoletano leonés y han inhumado su recuerdo en la tierra del nunca jamás. Sobre ella han vertido toneladas de cemento para recuperar la memoria de Felipe González. El marxismo-leninismo cobra vida en la metodología de los efímeros inquilinos de Ferraz. El culto a la personalidad resurge con inusitada fuerza. El líder que fue carismático vuelve a los altares de la política más vergonzante, sobre todo si se trata de una formación que se dice de izquierdas. Patético y patológico.



Siempre tuve a González como hombre de Estado. Hasta que sucumbió al atajo de las cloacas y se creyó su papel de gran hacedor. Convencido de su elegancia personal, no advirtió el insensato que su administración se había convertido en una manzana podrida por la corrupción más siniestra. Ahora, después de años de aburguesamiento económico, pretende volver encaramado a la frágil estructura del humo. Se trata de romper con el período penoso de las trinidades, de las bibianas, de las leires y de los pepiños. Piensan, estúpidos, que la huella del zapaterismo se tapa con la alfombra de los sueños autocomplacientes.



Los descuidos oníricos hacen aflorar los pensamientos malditos. El culto al líder es una esencia de cualquier régimen totalitario. Los desvíos personalistas e individualistas en la política han tenido concreciones despreciables desde Stalin a Kim II Sung. Weber se refería al frenesí del líder que se arroga la infalibilidad y, en realidad, ha parido un Ceausescu de mala ralea.



Atención a los desafueros que, a la corta, pasan factura. La resurrección sacra de Felipe González no esconde la ponzoña de los gobiernos psoecialistas. La militancia de base, que sí es creíble, tiene el imperioso deber de proteger su patrimonio moral de izquierdas honradas. En ese caso, en lugar de pegar los restos de los valiosos jarrones chinos, debe aplicarse a la obra iconoclasta de tanto falso ídolo que han colocado en las hornacinas de barro de las iglesias/asambleas del partido. A partir de la limpia general, el proceso de regeneración. Lento y seguro. Transparente y ejemplar. En caso contrario, la democracia renqueará del pie izquierdo.



España necesita una sólida plataforma política de izquierdas. Como el comer. Lo que no soporta es una enclenque muestra de artificiosa arquitectura efímera como las portadas de las ferias populares. La glorificación de don Felipe comporta traer a cubierta animalitos roedores que ni siquiera deben tener sitio en las bodegas del barco.



Pero bueno, allá ellos. A las mentiras de siempre, los embustes de la canalla profesional.

 

Un saludo.

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