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Francisco Velasco. Abogado e historiador

UN PASO MUY ATRÁS

 

La declaración del estado de alarma es constitucional, ruge la araña negra del Gobierno. Pues claro que sí, ¡señor!, ¡a sus órdenes señor! Como es constitucional el derecho a la igualdad y usted, ¡señor!, ¡a sus órdenes señor!, no ofrece respuesta a la discriminación creciente que sufre el colectivo de cinco millones de personas en paro. Como es constitucional, ¡señor!, ¡a sus órdenes señor!, que se proscriba la arbitrariedad y el Gobierno del señor Zapatero -a un paso de la defenestración presidencial de facto- ha hecho de ella el principio administrativo que corona sus actuaciones. Como es constitucional la defensa de la unidad de España y los separatistas vascos y catalanes con los que su Partido chanchullea trocando votos por millones de euros, no hace nada para restaurar el roto. Todo ello, con respeto, ¡señor!, ¡a sus órdenes señor!

 

A partir del estado de alarma que se ha sacado de la manga el Gobierno títere del Psoe, se pone sobre el tapete una realidad que, por multidenunciada, no todos aciertan a vislumbrar. La realidad es la tentación, qué digo, la vocación de los seguidores de Pablo Iglesias en disfrazar de aires democráticos su verdadero hábito negro de monjes del fascismo más repugnante y del totalitarismo más mugriento. El estado de alarma no es sino un aviso a próximos navegantes que se atrevan a surcar las malolientes aguas que cercan el castillo sin puente levadizo del Gobierno sociata.

 

Se advierte a los pilotos de líneas aéreas, a los funcionarios, a los pensionistas, a los barrenderos, a los fumadores, a los pacientes terminales, a las mamás recién embarazadas e incluso a los nazarenos, que, ojito, que pueden recibir un alarmazo en toda la boca y quedarse sin piños durante unos cuantos meses. Y, además de la mutilación dental, se les puede pasar factura por sutil trabajo odontológico e incluso talones de Iberhotel por transporte y alojamiento en prisión de cinco estrellas. El negocio del siglo. La política de austeridad arranca de la cooperación del pueblo. Si la gente se calla, obedece, se sienta tranquilita a ver la Noria de María Antonia, y a repetir a los comisarios de la checa de barrio el obligado ¡señor!, ¡a sus órdenes señor!, entonces, todo irá sobre ruedas. Entonces, todos seremos partícipes del celestial advenimiento del dios zapatero y de toda su parentela.

 

Un paso muy atrás. Lo del estado de alarma es una puñalada en el corazón de la democracia. Han esgrimido, como coartada inmunda, la actuación de los controladores. Ayer. Mañana, la rebelión de la granja. Los pollos, descabezados y los granjeros, con sus cabezas del tronco separadas. Las crisis son el escenario idóneo para el fomento de los extremismos. Los fascismos y los comunismos encuentran en la crisis el abono que hace crecer el proselitismo macabro. Cada movimiento tira de la cuerda en sentido opuesto hasta que la soga termina por romperse.

 

Basta mirar a nuestro alrededor para comprender cómo la crispación se va haciendo hueco en la masa social. La mentira política resuena con estrépito en según qué prensa. Los aduladores del demonio de Satán reciben la manutención que sostiene sus vacías existencias.

 

Se necesita una catarsis. No vendrá, como es de desear, de una liberación interior fruto de una profunda experiencia vital. Será, es, ¡señor!, ¡a sus órdenes señor!, efecto de una tragedia capaz de suscitar horror, temor o, al menos, compasión.

 

El estado de alarma es un paso de gigante hacia el averno de la dictadura. Y no será el último. De perdidos, al río, se dicen los militaristas del Psoe. ¡Señor!, ¡a sus órdenes señor!

 

Un saludo.

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