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Francisco Velasco. Abogado e historiador

VERTIDOS TÓXICOS

Al mar de la democracia. En mi país, España, hay gente amante de experiencias religiosas dentro del más profundo desprecio hacia la espiritualidad. En el colmo de la incoherencia intelectual y en la sublimación de la osadía más salvaje, los grandes gurús de la izquierda nos lanzan a las mayorías silenciosas al precipicio más abrupto. Se trata de que si hay muertes, que sean las del pueblo. Y de constatarse el fallecimiento colectivo, los secuaces redivivos del Hamelin más nefando, se librarían de la caída eterna. Juegan a avanzados pero son la encarnación de lo retrógrado.

 

La inminente proclamación del ciudadano Felipe de Borbón y Grecia como rey de España, es la flauta mágica que tocan los empiristas del mal para arrastrar a la ciudadanía a las fosas de las marianas del referéndum republicanista. Los golpistas sin tanques ni cañones se ciscan en el imperio de la ley para abrir una brecha en la mejor Constitución que nunca disfrutó España y, previo humedecimiento en alcohol, prenderle fuego.

 

Para estos iluminados, el problema del Estado es la Corona. No lo es el paro galopante ni las hipotecas embadurnadas de sangre de desvalidos. Tampoco lo es la corrupción de los partidos ni la fechoría legalizada de los bancos. Ni mucho menos, el estado catatónico de la sanidad y de la educación o el tsunami de la exclusión social. El rey. He ahí la gran lacra de nuestra democracia. Para la izquierda de cartón piedra, todo se reduce a la monarquía. En consecuencia, la solución es la República. Con un matiz, la República de izquierda.

 

A la tercera, va la vencida, se jalean. Lo de no hay dos sin tres, es lema de menesterosos y de tradicionalistas sin futuro. Según la tesis mayestática, con perdón, de estos republicanoides pueriles, basta reformar el Título II y allá donde se refiera Corona, rey, monarquía, herencia y términos afines a la idea clave, sustitúyase por Presidencia, presidente, electivo, etcétera, etcétera. Al cabo, de haberse producido esta modificación en 2011, la derecha de Rajoy hubiese ganado las elecciones generales con la misma distancia. Se hablaría, entonces, del triunfo electoral del PP en la España de la Tercera República. Y, sin embargo, los movimientos callejeros, las protestas, los separatismos, la quema de contenedores y cajeros, serían los mismos. Toda la democracia de estos esperpentos de lógica y madurez políticas pasa por la botadura del navío adecuado. No es la monarquía parlamentaria, se cabrean. Es la república. Cabezas brillantes y corazones perdidos.

 

La neutralidad dudosa de la monarquía dejaría paso a la descarada parcialidad del presidente de la República, nombrado por las organizaciones, de un signo u otro, ganadoras de los comicios. Si el PP se las llevara de calle, Aznar podría ser elevado a la Jefatura del Estado. Si lo consiguiera el PSOE, qué tendría de extraño que Zapatero se posesionase de La Zarzuela o incluso de El Pardo como sede de la Presidencia de la República.

 

Con todo, los republicanos no mostrarían su conformidad plena si la tricolor no ondea en los mástiles de todas las instituciones. Y eso sí, ay de quienes se atrevan a quemarla. Delito imperdonable e imprescriptible, próximo al genocidio. La bicolor constitucional es un trapo muy combustible carente de valor. Pero la de color morado en su tercera parte, la de  los trabajadores, esa es intocable.

 

En cuanto a los antisistema, se acabarían sus preocupaciones. En la España republicana, todos pertenecerán al sistema. Los capitalistas de la una y de la dos serán pasto de las llamas. En su lugar, los comisarios del nuevo régimen establecerán las pautas del paraíso informativo que nos aguarda. En cuanto a las privadas, serán vilipendiadas, en consonancia al rechazo que muestran ante los hospitales y centros de enseñanza de este rango. ¿O no se atreverán a revolverse contra los empresarios que alimentaron sus sueños a cambio de unas audiencias morbosas? Quién lo sabe.

 

Los derechos humanos se observan en las aguas de la transparencia legal y ética. Forman un océano universal. Cada vez que los dos grandes transatlánticos surcan sobre sus aguas, se respetan. Respeto que deja de ser cuando en vez de pasajeros libres, se transportan materiales radiactivos que se dejan caer al fondo hasta enturbiarlo.

 

La democracia es, en palabras de Lenin, una forma de gobierno que cambia de tirano cada cuatro años. En las elecciones republicanas, el cambio no es de jefe de gobierno, también de presidente. Dos por el precio de uno.

 

Me encantan las cohabitaciones.

 

Un saludo.

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