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Francisco Velasco. Abogado e historiador

LA GUERRA DE GARZÓN

 

 Lo he referido alguna vez que otra. El pasado nos proporciona luces y sombras no deseadas. Somos esclavos de nuestras palabras y de nuestros hechos. Per saecula saeculorum. Los hechos de la historia reverberan ideologías rastreras y políticas demagógicas. Nada cambia cuando al ser humano afecta.

 

La guerra de los Rose encarna algo más que una ruptura matrimonial. El principio de una nueva película y el final de un sistema de convivencia. La relación conyugal entre Garzón y Guerra nunca fue buena. Se habían tirado los trastos a la cabeza con cierta discreción. Con el tiempo, ambos se han subido a la lámpara y los dos se van a dar de bruces contra el duro suelo de la casa común de la izquierda de señoritos andaluces.

 

En plena efervescencia de los papeles de Bárcenas, aprovechando que El País de Cebrián ha perdido su estrella mediadora, el exvice de Felipe González se ha montado en el caballo de feria de sus chascarrillos y, desde lo alto del jumento de cartón, ha disparado varias flechas envenenadas al exjuez Baltasar. Uno y otro están uncidos al yugo de su connivencia. El hombre del avión portugués, del hermano conseguidor, el masterchef de la cocina felipista, ha colocado una ficha inestable en el dominó de las ventas de libros. A falta de calidad literaria y de interés social, ración de morbo al estilo más salsarrosa.

 

Según don Alfonso, don Baltasar quiso cobrar con dinero negro. Se puede creer. La mentira o la verdad no se calibran en función de la categoría moral del declarante, sino en virtud de la verosimilitud del relato. El niñato que asesinó a Marta ha contado tantas mentiras que, alguna vez, puede cambiar el curso de los embustes y dejar caer una verdad. Aunque, como a Pedro, no se le crea. Lo mismo pasa con Guerra. Su facilidad para los chismes y los bulos es proverbial. En realidad, la mayor parte de su carrera política ha descansado en estos mojones de carretera. De Garzón es predicable algo similar. Sólo que el jiennense se reviste con la toga andrajosa de una autoridad revocada y aparenta ser justo cuando no se comporta sino como un justiciero a sueldo de algunos poderes fácticos. El hombre rechaza el ataque y contragolpea al ofensor.

 

Y digo yo. Si es mentira, qué le impide querellarse contra el calumniador. Con lo bien que se le dan las escuchas, por qué no se inclina por las evidencias. O acaso prefiere no enfurecer al viejo tigre de medidos zarpazos. Las secuelas de los Gal, de los fondos reservados, de la cal viva y de tantos otros delitos siguen mojando a mucha gente del Psoe. De antes y de ahora. Este vis a vis debe resolverse por la vía del acuerdo convencional. Que no es otro que tú te callas y yo no hablo. Dicho en Román paladino: como sigas largando, vamos a repartir ostiones. A ver quién se lleva la peor parte. Esas herencias, a beneficio de inventario. La Guerra de Garzón se ha de confundir con la garzonada de Guerra.

 

Un saludo.

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