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Francisco Velasco. Abogado e historiador

CAMPAÑAS DE DESPRESTIGIO

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 Psoe y Pp. Pp y Psoe. En su lucha por el poder, que no por el gobierno, no hay cuartel. Ni hoy ni nunca. Una de las armas arrojadizas que emplean con más frecuencia y menos originalidad es la de acusar al adversario de iniciar y alentar campañas para destruir la credibilidad de las organizaciones y cargarse el prestigio de los líderes. Todo vale con tal de ganar unas elecciones que, en definitiva, son la llave que abre la puerta blindada al poder quasi absoluto.

 

Felipe González tuvo que soportar la ola de informaciones sobre los GAL y los fondos reservados. Aznar se ciñó el cinturón hasta el último agujero a fin de contener la respiración con el Prestige y el atentado de Atocha. Zapatero sintió en la progresiva escualidez de su sonrisa las desgracias de la política económica que él defendió. Y Rajoy. Don Mariano se enfrenta ahora a la acusación interna de los sobresueldos emanados de la tesorería de su propio partido. A partir de los hechos, las campañas. Bueno, y qué. Son los gajes de un oficio que proporciona altísimos beneficios. Ninguno de los cuatro presidentes supo salir del atolladero al que condujeron sus errores cuando no sus malévolas intenciones. Sólo Aznar padeció las consecuencias de su buen hacer gubernamental. Contra él si hubo campaña y bien orquestada.

 

 El partido de la oposición hurga en la herida con el fin de captar votos entre los hinchas menos furibundos. A esta tarea dedican todos sus recursos de financiación. Es lógico. Hay mucho en juego. En este sentido, el papel/papelón de los medios de comunicación resulta decisivo a la hora de bascular la intención de los electores hacia una facción o la otra. El objetivo no se reduce a detectar la llaga. Se trata de ampliarla y de frotar contra ella gérmenes patógenos con la idea de prolongar el macabro espectáculo. Nada que objetar. Lo del juego limpio y el lema de que lo importante es participar, está muy bien pero en los negocios, el que no ambiciona, tiene los días contados.

 

El quid de la cuestión es la acción o la omisión equivocadas. Todas las campañas contra Felipe se hubieran ido al traste si los investigadores de El Mundo no hubiesen puesto de manifiesto que estaba pringado hasta las equis. En el caso Bárcenas, es fácil explicarse los motivos del miedo a este sujeto. Los tiene a todos trincados por los cogollos. A casi todos. Si no, de qué no hubieran presentado tropecientas querellas contra los difamadores. Las injurias y las calumnias tienen su tope cuando colisionan frontalmente con la exceptio veritatis que se puede documentar y probar. En ese momento, los intrépidos defensores de su honor manchado comienzan a titubear y trasladan sus cuitas desde los tribunales de justicia a las auditorías de cuentas internas. Confesos. He ahí la excusa que reafirma la acusación.

 

A falta de otras majaderías verbales, la reiterada campaña conspiranoide. Ninguna tendría éxito si, por medio, no se ofreciese alimento gratis a los descubridores de trapos sucios. Rajoy no ha dado la cara como le es exigible. A Cospedal se la pueden partir. ¿Y Sáenz de Santamaría? ¿Por qué dice la vicepresidenta que a ella la registren? ¿No será que nada tiene que temer? ¿Es creíble, que, en base a esta teoría que sustento, le resbalen las campañitas y los chirigoteros? Da que pensar. Ni siquiera necesita exponerse a la pantomima de firmar declaraciones juradas ante la tesorera actual del partido.

 

Si la prima de riesgo nos tenía asfixiados, estas noticias pueden suponer la pérdida absoluta de aire. Servidor se postula sobre la dimisión de Rajoy. Si no teme que le registren, adelante. Mientras no convenza a los españoles sobre su inocencia, debiera largarse con viento gélido.  La única campaña posible es la del campo llano sin montes ni aspereza. Los esfuerzos varios encaminados a retratar su limpieza son tan fútiles como los intentos de Griñán para justificar la asquerosidad de los EREs.  El prestigio se lo labra uno mismo. El desprestigio infame siempre parte del hilillo suelto de una corbata, de una camisa o de una chaqueta. Basta una rápida acción de corte y confección.

 

Un saludo.

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