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Francisco Velasco. Abogado e historiador

OPIÁCEOS

 

 Fernando Savater es un personaje peculiar. No resto un ápice a su calidad intelectual. Sí formulo reparos a su actividad política y, en especial, a su intervencionismo mediático. Gurú de la izquierda, no gusta de ser adelantado por ese costado. Ocurre a muchos que se creen totems de esa ideología. La penúltima del filósofo donostiarra es que los indignados son un hatajo de mastuerzos. Pues muy bien, hasta ahí puedo estar de acuerdo, siempre que retire el descalificativo genérico. Hilando el mensaje anterior, me viene a la memoria otra frasecita célebre del autor de la formidable “Ética para Amador”. La religión es la cocaína de la sociedad, manifestó hace tiempo en un remedo poco ingenioso de la universal proposición de Carlos Marx: “la religión es el opio del pueblo”.

 

 Dos maneras de entender una media verdad que es la peor de las mentiras. Puede ser la religión una droga. Sin duda. En todo caso, es una droga que consume la mayor parte de la población mundial. No es un narcótico prohibido. Que, a veces, puede crear alucinaciones, pues vale pero según y cómo. De todas maneras, el fármaco espiritual no es un estupefaciente que cree adicción ni una dosis de caballo que engancha hasta causar la muerte en vida. Se trata de una necesidad de buscar en Dios lo que no encuentra en el prójimo. La filantropía de los ilustrados fue una religión laica a la que, sin embargo, por falta de apoyo, terminó dándosele de lado. Voltaire, el gran Arouet, murió abrazado al catolicismo al que tanto zahirió.



Mas si se busca una religión, mírese dentro el gran masón Zapatero, constructor de un universo tan desequilibrado que tiene por base la punta de un alfiler y por cúspide la mollera de un perturbado. El socialismo como opio es la manera más eficaz para ocultar la evidencia de una mentira colosal. Pregona paz y aporta violencia, sufrimiento y opresión.



En verano, el panis et circus no abunda. Deshecho el mundo de los toros que alimentara, antaño, a tanta gente, el pueblo ha recreado en el fútbol la aldea global que acuñara McLuhan. La liga, la copa, el campeonato mundial o continental, los clubes y las selecciones, la televisión y la prensa especializada han creado un nuevo deus ex machina. Los partidos de primera, de segunda o de regional se han convertido en la válvula de escape de los graves problemas que nos acucian. El fichaje de tal o los goles de cual nos hacen olvidar la crisis, el paro, la corrupción, la desvertebración de España, el terrorismo, los enchufes institucionales, y la ristra de invasores que acechan nuestra salud mental. Y si fuera poca la dosis de anestésico, ahí van cajas de somníferos con nombre de baloncesto, tenis o ciclismo. A más necesidad, el hipnótico del sálvame y el sedante de los telediarios de la primera.



Opiáceos los nombrados. Junto a los efectos aletargantes de éstos, la religión, una aspirinita. En el extremo del látigo adormecedor, el socialismo de manta y camilla. Los tertulianos del pesebre idean motivos de odio y venden carísimos elixires de amor. El voto se encarna en remedio contra el mal que ellos mismos engendraron. El propio vértigo de su ambición, imparable por desmedida, les lleva a sanar el odio con más odio. El cristianismo es símbolo de paz y mensaje de igualdad. Maldito el odio, adiós negocio. El zapaterismo irredento no puede soportar que nadie le arrebate el bastón del mando perpetuo. Iglesia, al paredón. La Iglesia no es el opio. El opio es el socialismo interpretado por una banda de negreros. Narcotraficantes.



Un saludo.



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