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Francisco Velasco. Abogado e historiador

ESPAÑA, ESPAÑA

El domingo es un día de descanso. El descanso invita a la reflexión. La reflexión transporta a la paz. Con uno mismo y con los demás. Hoy, domingo, 18 de abril de dos mil diez de la era cristiana, reflexiono sobre España y sobre Cristo. Aunque el pensamiento ha sido largo, la transcripción es bien corta.

 

Desde luego, España no es sólo el territorio. Tampoco la lengua. Ni mucho menos el país. Tan siquiera el sentimiento nacional. En modo alguno, el paisanaje. No considero eje vertebrador el sentimiento patriótico. Su historia no es lo sustantivo. Ni la literatura. Todos estos factores hacen España como piezas insignes de un puzle fácil de resolver. No hay rompecabezas que valga, salvo para algunos. El rompecabezas no es España. El rompecabezas es el seso destripado de los que aborrecen la idea de España. El rompecabezas es la mala baba de quienes, en nombre del nacionalismo más desmochado, martillean el nombre de España. El rompecabezas es la lúgubre desesperanza de los judas que en España son y de España viven.

 

España es. Y lo es porque sus tierras y sus gentes han decidido así llamarla. Pero sobre todo porque en los últimos doscientos años, los españoles hemos colgado nuestra condición de súbditos y nos hemos enfundado el frac de ciudadanos. Y como muestra de nuestra voluntad de vestirnos sin señores y sin valets, hemos sancionado una Carta en la que decimos que somos españoles. Nosotros solos nos hemos autootorgado un Fuero que los ingleses disfrutan desde siglos antes. Es la Constitución. España es esta Constitución como antes lo fue la de 1812. España es una esencia porque los españoles ya no somos plebeyos, sino hidalgos. No unos cuantos. Todos. Desde el más rico al más pobre. Desde el más inteligente al menos dotado. Desde todas las perspectivas, nos hemos hecho iguales y, por tanto, libres.

 

España es libre porque sus mujeres y sus hombres viven la igualdad de sexo, de oportunidades, de amores y dolores. España es libre porque, mañana, si así lo quieren sus gentes, los “primi inter pares”, pueden cambiar su Constitución, su nombre y hasta su destino. Y es tan libre, que puede hacer cuanto designe, sin necesidad de usar la fuerza. Basta esgrimir el bastón de mando de la representación de la soberanía nacional. España es el pueblo constituyente y la sociedad constituida. Igual en la pluralidad. Plural en la unidad.

 

De la era cristiana. Quien escribe nunca tuvo –y si alguna vez lo poseyó, debió extraviarlo en algún lugar desconocido- el don de la fe. A este relator le gustaría disfrutar de esa fe que permite abandonar tantas cargas pesadas en su dios. Como carece de fe, soporta los pesos con la fuerza de su ánimo y de su cuerpo. Recursos ambos endebles, se sabe. Pero a falta de otras cualidades, buenas son las posibles. En esa tesitura de descreimiento, es racional. Y su razón, ya que no su fe, le permite dar gracias a ese Cristo al que otros adoran, por haber conribuido con su doctrina a hacer de la humanidad, un colectivo de mujeres y hombres iguales y libres. Igualdad y libertad que no se les ha dado por su condición de obediencia servil ante el poderoso. Ni mucho menos. Rebeldía ante la injusticia que del tirano viene. Mártires por un ideal. Los cristianos han sido los adelantados de la justicia social que, al cabo de dos milenios, hemos alcanzado.

 

Por ello, de España, sí. De la era cristiana, también. Se sea español o cristiano. Basta con ser mujer u hombre. No se pide más. Domingo, día de reflexión.

 

Un saludo.

 

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