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Francisco Velasco. Abogado e historiador

LA TRAGEDIA DEL CAMPO ESPAÑOL


 La entrada de España en la Unión Europea no puede sino ser calificada como un éxito en toda regla. Desde Felipe González a José María Aznar. Éxito. Lo que pasa con Zapatero es otra cosa. Podemos pasar del éxito de sus predecesores en La Moncloa al "éxitus" que escriben los médicos para designar a la muerte. Al menos, la muerte del agro. Sobre todo, ahora que toca el turno al señor Rodríguez de presidir, por seis meses, la UE.

 La manifestación multitudinaria del pasado sábado escenifica el descontento generalizado de nuestros agricultores y ganaderos. De todos los rincones de España, pasaron por Madrid para dejar un recadito a la ministra Espinosa. Pero ni cuenta. El desdén hacia los campesinos es una de las tragedias del mundo rural. De ser la principal fuente de riqueza de nuestro país durante siglos, ha pasado al furgón de cola de la economía. La propia Andalucía, que agrupa casi un tercio de la producción agropecuaria, sufre en sus carnes la ruina que cae a chuzos.

 En la base del problema, los precios de origen frente a los precios de destino. Del campo al mercado, abismos de diferencia. En medio, un mar de incremento. Los productores, marginados. Los intermediarios, en beneficio. Los mercaderes, agitados por el oleaje tumultuoso del descenso del consumo. La exigencia de precios justos es el mínimo de cualquier reivindicación. Del mismo modo que la justicia es columna vertebral de toda sociedad humana. Entre tanto, pérdidas millonarias y paro parón. De inmediato, más subsidios de desempleo y menos rentabilidad.

 Competitividad, Gobierno, competitividad. Conciencia, Zapatero, conciencia. Conciencia de la importancia del sector y conciencia de que nada es, hoy, lo que no es competitivo. La competitividad requiere una mayor productividad y ésta precisa de explotaciones más amplias y de regímenes más intensivos. Lo que la UE quiere es que la propiedad y la producción se concentren, aunque salgan perjudicados los pequeños agricultores. No queda a éstos más salida que renunciar a su condición de pequeños propietarios y convertirse en asalariados. Ya sea un fresero de Huelva que un horticultor levantino. Las grandes multinacionales agroalimentarias están convirtiendo a los agricultores en simples proletarios a los que se instrumenta en aras de la competitividad.

 En el sector rural, los parámetros no son distintos a los que rigen en la industria. El romanticismo ya no tiene cabida en nuestro mundo globalizado. Es lo que hay. Se debe decir la verdad aunque duela. El engaño no debe tutelar la política. Ni la política ni la vida misma. Si no se entiende esta simpleza, imagínense Sitel. Otro drama. Otra tragedia.

 Un saludo.

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