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Francisco Velasco. Abogado e historiador

LA POLICÍA DE RUBALCABA

Se atribuyó a Fraga la frase lapidaria de “la calle es mía”. Corría el año 1976 y el fundador del PP, ajeno entonces al partido que sería después, era Ministro de la Gobernación. Presidente del Gobierno, Adolfo Suárez. Balbuceos de la Transición. Rememoranzas de la dictadura franquista. Tics tiránicos de quien no ha conocido más régimen que el de Franco. 2010. Estertores de la Transición. Rubalcaba, Ministro del Interior, parece que “la policía es suya”. Presidente, José Luis Rodríguez Zapatero. Melancolías de Lasa y Zabala o del GAL. Vidas paralelas en una realidad de la que uno y otro huyen. Se refugian ambos en las ideologías porque no pueden vanagloriarse de sus palabras y de sus acciones.


El jesuítico Pérez y el explosivo Iribarne, más juntos de lo que quisieran y menos demócratas de lo que se jactan. Policía y calle, unidos, siempre estarán, con perdón, jodidos. Sobre todo si los que se dicen gobernantes, se creen reyezuelos-soles, revestidos del divino derecho del mandato constitucional. Y no es eso, no es eso. La calle, del pueblo. Igual que la poli. No hay más soberanía que la popular ni más legitimidad que la del sufragio. El pueblo vota a sus representantes pero no les da un cheque en blanco. Al contrario. Si Rubalcaba, ahora, y Fraga, tres década antes, actúan como sátrapas, están tomando el sagrado nombre de la democracia en vano. Hacen del sufragio un exvoto, de lo inorgánico, orgánico y de la Constitución, un trapo.


La policía es un cuerpo de seguridad del Estado. Del Estado. Del Gobierno de turno, no. Funcionarios distinguidos de empleo y discriminados de sueldo. Los policías. El que algunos se dejen atrapar en las redes corruptas de algunos partidos, no es extrapolable ni a toda la policía ni a todo el Partido. De la misma forma que abomino de la parábola del hijo pródigo, me repugna el dicho o el acto de meter a todos en el mismo saco. Es la injusticia sublimada.


El señor Álvarez Cascos ha efectuado unas declaraciones muy polémicas. Y muy concretas. Mientras el PP se pone de su lado, el PSOE las condena. Tuya y mía. Mía y tuya. Vergüenza nacional. Diatriba de la estupidez. Alabanza del humo asfixiante. Si lo que ha dicho Cascos es mentira, Rubalcaba debiera interponer, ya, una querella criminal contra el ex ministro de Aznar. Sin dilación. No se puede manchar el nombre de unos defensores del Estado de Derecho. El problema radica en que sea verdad y se pueda demostrar. Exceptio veritatis. Cuántas atrocidades dejan de proferirse por temor a la fuerza de la verdad. Cuántas barbaridades se escudan en la mentira impune.


Al Juzgado. Señoras y señores del Gobierno, a los tribunales. Déjense de monsergas y de expresiones tan vacuas y fatuas como cobardes. Querella al canto. De la misma manera que en el caso Bono. Si consideran que se está injuriando al Presidente del Congreso, denuncia que te crió. Exceptio veritatis. He ahí el límite. Ahí está el miedo. Que los presuntos difamadores posean pruebas irrefutables de cuanto aseveran. Que los querellantes tengan miedo de que todos veamos sus vergüenzas al aire libre. Que no, Fiscalía. Fiscalía General del Estado. Fiscales anticorrupción. De oficio, señores y señoras del Ministerio Público.


El silencio y el intercambio de acusaciones no hacen sino enturbiar más y más la vida política. Lo que preocupa a este opinante no es la credibilidad de algunos políticos. En absoluto. Lo que alarma es que algunos listillos se enfunden la camiseta roja de la democracia española y la hagan jirones. Los que tenemos una edad avanzada no podemos soportar un retorno a la cueva de la dictadura, pero menos aún que nos conviertan la democracia en un estercolero de ultras, donde los stalinistas y los fascistas campen a sus anchas.


La policía, constitucional. La calle, espacio de libertad. Los que no entiendan esto, se han equivocado de país, de sistema y de régimen. Vayan todos a reciclarse. Vayamos.


Un saludo.

 

 

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